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José María Lizundia

Museo Rodin: traición a tradición de contemporaneidad

El Parque Viera y Clavijo acogerá el Museo Rodin. MARIA PISACA

Sobre el Museo Rodin había leído a González Durana, vistos a Carlos Díaz Bertrana y Fernando Castro (el otro) y demás, desgranar argumentos absolutamente convincentes dada la fundamentación objetiva en que se apoyan: magnitudes, estadísticas, datos correlacionados. De eso la cosa, pues jaque mate, se pensaría. Pero no, ni he oído las consabidas estimativas estéticas o artísticas. Tampoco Rodin da para mucho, fuera de los hoteles.

El problema en Santa Cruz no suelen ser las autoridades, ni Coalición Canaria, incluso con Franco se celebró la Exposición Internacional de Escultura en la Calle de 1974, en la que dice apoyarse ahora el alcalde. En Santa Cruz de Tenerife hay obras de Herzog & De Meuron, pudo haber estado Dominique Perrault (el de la Biblioteca Nacional de Francia) en San Andrés, si no fuera porque ese coeficiente minoritario (de mucha traca demagógica) ecologista (de progreso), con su mamotreto (imprescindible significante satánico invasivo) lo hubiera impedido. Están también Santiago Calatrava, Dokoupil en Los Majuelos, o Jaume Plensa en la Rambla. Por tanto en esta ocasión, las autoridades se separan de cualquier criterio artístico de contemporaneidad, que había mantenido la ciudad (una fuerte tradición ya, para ahora, la traición) y se retorna a la modernidad de hace más de un siglo; arbitrariedad total, justificada en delirantes silogismos económicos. Normalmente es el pequeño coeficiente de Pueblo –que comanda el sector progresista naturista más retrógrado, que odia acerbamente innovación y progreso real– actuando como si lo representara íntegro, quien demuele la contemporaneidad artística. Ya lo hicieron con Perrault y su mamotreto (palabra-conjuro de aldea), que carecía de la ligereza y bella forma (cubista) de la autoconstrucción de laderas enteras. Pero también ocurrió con Tindaya. Me dicen que Tindaya es más nada que nunca, algo absolutamente cantado. Chillida la inventó y el conservacionismo no de parajes sino existencial (de horizonte de vida y contexto eternos, y chapoteo en el líquido amniótico de lo claustral), desvaneció su sola posibilidad perturbadora

Con Tindaya salieron a relucir los petroglifos podomorfos (el proyecto no tocaba ni uno) y que era una montaña sagrada (que fue pretensión del artista: su sacralización). ¿Qué estaría pasando hoy con Tindaya de haber sido? De Tindaya vemos lo sagrada que queda: anodina y lúgubre. Me alegro, como me alegro cuando se recompensa al pueblo y su intuición (hoy la autoridad), siempre representado por las mentes más quietistas y apergaminadas, adictos de pancarta y megáfono o tentados de alcaldada. De idéntico fiasco.

Ahora, en materia de arte y efectos culturales el interpelante no es un megáfono con pancarta, sino el conjunto de expertos y grandes colectivos acreditados, a los que sería inexcusable escuchar.

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