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Luis Sánchez-Merlo

Arquitectura de un empeño peliagudo

Felipe VI pronuncia su discurso de Nochebuena Ballesteros

No ha sido una semana fácil para el jefe del Estado, que es símbolo de su unidad y permanencia, árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones, de acuerdo con lo dispuesto por la Constitución española. El mensaje navideño de este año, octavo desde su coronación –19 de junio de 2014–, era posiblemente el más difícil de todos, exceptuando el del 3 de octubre de 2017, que le supuso la cancelación por parte de los independentistas en Cataluña.

El mensaje fue, afortunadamente, breve. Como escenario, el Salón de Audiencias del Palacio de la Zarzuela, un árbol de Navidad, las banderas de España y la UE y un Nacimiento. La única foto, la de la cena ofrecida por los Reyes en el Palacio Real de Madrid, a los cuarenta jefes de Estado y de Gobierno asistentes a la Cumbre de la OTAN.

A esa hora en que confluyen los preparativos de la cena, la integración de parejas, nueras y cuñados, las emociones y rencores almacenados durante el año; no hay mucha gente dispuesta a disimular, mostrando un interés francamente inexistente. De ahí, el share desfalleciente, desmejorado por la pantalla en negro en Euskadi y Cataluña.

El acierto residió en la arquitectura del discurso: tres partes y un epílogo, así como la apoyatura del mensaje: descripciones, por delante de discutibles opiniones. El rey, sin rehuir la actualidad, ha descrito y alertado –sin tapujos– del peligro, evitando diluirlo en referencias abstractas. El tono de la exhortación no sobrevoló los conflictos, antesala de un diagnóstico sin ambages –división de la sociedad, deterioro de la convivencia, erosión de las instituciones– que escoltaba la propuesta de solución: la reconstrucción de la convivencia sólo se logra respetando la Constitución, que articula la normalidad democrática.

La invasión rusa de Ucrania ocupó un espacio desmedido en los 12 minutos y medio que duró el discurso navideño. Según el jefe del Estado, los 10 meses de conflicto –que afectan a la seguridad de España– han causado «un nivel de destrucción y ruina difíciles de imaginar en nuestra realidad cotidiana».

Al reconocer que la guerra ha repercutido en la economía, ya que ha provocado una subida de precios por la que muchas familias «no pueden afrontar esta situación», ilustraba dificultades diarias y cotidianas –encender la luz, hacer la compra, llenar el depósito– que plantean la necesidad «del apoyo continuo de los poderes públicos para paliar sus efectos económicos y sociales».

Esta proximidad podría explicar la positiva acogida, sin matices, que el partido socialista –en línea con su sostenida posición de apoyo al modelo de Estado– ha reservado al discurso navideño del monarca.

La advertencia de asechanzas que se ciernen sobre España puede desequilibrar la estructura institucional de la democracia y arruinar lo que la mayoría siente como deseable: «La serenidad, la paz, la tranquilidad», valores que no se compadecen con la agitación política que estamos viviendo.

El rey reivindicó Europa, insistiendo en que la Unión ofrece «certeza y seguridad» al ser «nuestro gran marco de referencia político, económico y social» y recordando –para que no se olvide– que «lo que se decide cada día en la Unión afecta –y mucho– a la vida cotidiana de los españoles».

A partir del segundo semestre del próximo año, a España le tocará la presidencia rotatoria de la Unión Europea que, según el jefe del Estado, tanto «contribuyó a consolidar nuestra democracia, a potenciar nuestro crecimiento económico y nuestro desarrollo social».

Sentado en una silla inadecuada, el rey no ocultó su preocupación por los evidentes problemas actuales, sin por ello señalar responsabilidades concretas que podrían haber disparado el reproche del pantanoso partidismo. Y no dejó de hacer una explícita reivindicación del éxito histórico del sistema y del legado de la Transición.

La defensa de la voluntad integradora, frente a la pulsión excluyente, pasa por lo que el rey llamó «el lugar donde los españoles nos reconocemos y donde nos aceptamos los unos a los otros, a pesar de nuestras diferencias». Y ahí compendió uno de los momentos vibrantes del discurso: «Somos una de las grandes naciones del mundo y los españoles tenemos que seguir decidiendo todos juntos nuestro destino, nuestro futuro. Cuidando nuestra democracia; protegiendo la convivencia; fortaleciendo nuestras instituciones».

Concluyó con una alegación: «Somos un país que siempre ha sabido responder a todas las adversidades, que no han sido pocas estos años». Al pedir unidad para salir adelante, el rey aseguró que «un país o una sociedad dividida o enfrentada no avanza, no progresa ni resuelve bien sus problemas, no genera confianza». En este sentido, «la división hace más frágiles a las democracias; la unión, todo lo contrario, las fortalece».

En definitiva, la crisis de convivencia se traduce en un empeño de difícil e imprescindible sutura. Como solución, el jefe del Estado insistió en que es preciso fortalecer nuestras instituciones –que deben responder al interés general y ejercitar sus funciones con colaboración leal, con respeto a la Constitución y a las leyes y ser un ejemplo de integridad y rectitud– para proteger a los ciudadanos, atender sus preocupaciones, garantizar sus derechos y apoyar a las familias y a los jóvenes en la superación de sus problemas cotidianos.

Para quienes esperaban una intervención rotunda, sin remilgos, se trató de un discurso decepcionante, en tanto que para quienes esperan de la monarquía una función mediadora, de arbitraje, resultó reconfortante.

Dice un buen amigo: «Si le das una galleta a un ratón, luego te pedirá un vaso de leche».

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