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Luis Ortega

Gentes y asuntos

Luis Ortega

Inocentadas

Nuevo intento para desatascar la renovación del Constitucional

Entre las resacas emotivas que traen estas fechas, refresqué recuerdos de EL DIA que, en los primeros setenta y con Ernesto Salcedo en la dirección, jugó con el posibilismo y discrecionalidad de la censura e incluso aventuró hipótesis de futuro a un régimen que, el mismo año de la muerte del dictador, ejecutó cinco penas de muerte.

De aquel periodo profesional marcado por la vocación y el autocontrol, recuerdo con simpatía las salidas liberadoras del humor con picantes pies de fotos a las espléndidas caricaturas de Paco Martínez y Harry Beuster y, sobre todo, las inocentadas que, desde principios de siglo, aparecieron en la prensa madrileña y por oportuna mímesis se extendieron enseguida al resto del estado.

Nadie ha explicado la relación del episodio hagiográfico del cristianismo –la matanza de los niños menores de dos años, nacidos en Belén por orden de Herodes I el Grande con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazareth– y las bromas literarias y gráficas en la prensa y, por extensión, en los medios audiovisuales. Las bromas en estas mismas páginas se proponían en solitario o en grupo al director; se desechaban las peores y menos efectistas y, en su mayoría, contaban con ilustraciones, fotografías sabiamente manipuladas por Juan Hernández, responsable de la fotomecánica en el plomo y luego en el progresivo e imparable offset. El contenido era, por lo general, bienhumorado y obligatoriamente respetuoso. En las situaciones más ingeniosas y de mayor calado, se acudía a la explicación al día siguiente, entendida perfectamente por la liberalidad de nuestros lectores.

Por una extraña inercia, que ni sé ni puedo explicar, cuando agonizan los años me entra una imparable manía de ordenar libros y papeles; de buscar escritos o folletos antiguos y dar cierto orden al caos de mi estudio. En esa actividad, tan febril como nostálgica, el pasado se contrapone con sus límites a una actualidad que unas veces lo arrumba por superado y otras lo revaloriza cuando la sociedad de los derechos y la comunicación muestra tantos dislates y latrocinios, tantas injusticias consentidas, tantas voluntades compradas y tantas dignidades vendidas.

Repasamos informaciones estrictas, sin alejarnos de estas fechas concretas, en las que, pese a todo, mantenemos las tradiciones familiares y, cada cual a su modo, cumple el legado de paz y buena voluntad que emana de la Noche de Belén. Iniciamos el recorrido en el marco insular y observamos, en los resultados de una comisión parlamentaria, una aceptación y complacencia sin matices en el estudio de la catástrofe más grave ocurrida en nuestros seis últimos siglos de historia occidental. Ante la dimensión de los daños y el drama de los damnificados de la erupción de Cabeza de Vaca ese acuerdo de cemento suscita dudas y justificados enojos.

Cambiamos el objetivo y, dentro de los previsibles hervores del puchero nacional ante las próximas convocatorias electorales, nos topamos con la más grave anormalidad democrática desde el golpe de estado de 1981. El Tribunal Constitucional, garante del espíritu y la letra de la Carta Magna, para leyes aprobadas por el Congreso e impide su tramitación por el Senado, no trata una petición que les compete sobre la caducidad de sus mandatos y a otra cosa mariposa.

La mera enumeración de hechos propios –sin entrar en los picos de sierra por donde deambula nuestra economía con grave castigo para la mayoría social– es aplicable también a la crisis europea, la guerra de Putin y las respuestas tan costosas y solidarias como ineficaces de la comunidad internacional, golpeada por las crisis de los combustibles y la inflación de incierto final. Mientras, tal y como alguna vez comenté en esta columna, los ecos del Qatargate se dejan sentir por el Viejo Mundo de la cultura y los derechos. Como decía un poeta palmero –Acosta Guión– hay muchos modos de conquista. Ante los papeles amarillos y el fondo monocorde de los telediarios, recuerdo las viejas inocentadas que compensaban la falta de libertad con esperanza, paso, siquiera unas horas de la información previsible, y me despido por un rato, siempre habrá que volver a los grandes y a los dignos, de Joan Manuel Serrat.

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