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El ojo crítico

Pero que ganen los nuestros

Alberto Núñez Feijóo. Eduardo Parra

Solía contar José Utrera Molina, el que fuera ministro de Vivienda y ministro-secretario general del Movimiento durante la dictadura franquista, además de otros cargos que le permitieron pegarse la gran vida, que en una conversación que tuvo con el dictador Franco en sus últimos meses de vida este le manifestó algunas dudas sobre el nuevo tiempo político que se estaba incubando dentro del franquismo y si aquello traería a España la democracia como en el resto de Europa. Utrera, que tenía una gran fascinación por el caudillo (así llamaban los partidarios del franquismo al dictador Franco), no se atrevió a decirle la verdad de lo que iba a ocurrir en España por miedo a quedarse sin trabajo y porque como era sabido Franco era bastante corto de entendederas excepto para firmar sentencias de muerte. En eso era todo un maestro. Le gustaba firmar de su puño y letra el enterado, denegando el indulto, a media mañana mientras tomaba chocolate caliente con picatostes. Cada cierto tiempo un sirviente retiraba las migas de la mesa de Franco con una brocha con mango de plata en una bandejita también de plata. Al dictador le gustaban esos detalles. Después de escuchar a Utrera Molina, Franco se quedó unos segundos pensativo y dijo: «Está bien, Utrera, pero asegúrese de que ganan los nuestros».

Después del fiasco que para el sistema político español ha supuesto el surgimiento y próxima desaparición del partido Ciudadanos, visto el comportamiento del Partido Popular en los últimos veinte años se llega a la conclusión de que España sigue teniendo pendiente la aparición de un auténtico partido liberal en el sentido clásico europeo, demócratacristiano, que elimine de una vez por todas las profundas raíces que la dictadura dejó en parte de la sociedad española. Todo lo que toca el Partido Popular lo empozoña y lo convierte en crispación. Cuando gobierna surgen escándalos como Gúrtel y la policía patriótica y cuando está en la oposición boicotea las instituciones todo lo que puede como está haciendo ahora con el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial. Recurrir al Tribunal Constitucional solicitando la paralización de la votación de una ley en el Congreso de los Diputados a sabiendas de que los miembros conservadores del TC van a seguir fielmente las indicaciones del PP, ya que para eso se les eligió, supone un paso definitivo en la generación de tensión política.

El origen de este nuevo escándalo en la política española, aunque se agradece que por una vez no sea por corrupción del PP ni por la instauración de una mafia en la política proveniente de este partido, hay que encontrarlo en que el Partido Popular no acaba de asumir el funcionamiento de las instituciones en un sistema democrático. El único motivo real de la negativa del PP a renovar los cargos caducados de los magistrados del TC y del CGPJ se debe a que no quiere perder una mayoría conservadora en ambos órganos proveniente de cuando el Partido Popular gobernaba con mayoría absoluta en España. Cada vez que los populares inventan una nueva excusa de su negativa a cumplir con la Constitución Española cae aún más hondo en el ridículo. Primero fue que con Podemos en el Gobierno se negaban a pactar nada, como si el PP tuviera patente de corso para decidir cuándo una formación es democrática o no olvidando que este Gobierno ha sido votado por los españoles en elecciones libres. El PP, con su historial, dando lecciones de democracia. Hay que fastidiarse. Después apareció Pablo Casado con la bobada aquella de que son los jueces los que tendrían que elegir a los miembros del CGPJ, obviando la Constitución y pretendiendo que el CGPJ se convirtiese en un gremio sin control del Parlamento. Se le puede perdonar porque Casado no tiene ni idea de leyes y ello a pesar de haber aprobado media carrera de Derecho en un verano. Portentosa inteligencia la suya. Y, en tercer lugar, y cuando ya estaba firmado el acuerdo para la renovación de los cargos, a Alberto Núñez Feijóo le temblaron las piernas cuando los periódicos y las radios ultraconservadoras de Madrid se rebelaron contra aquel posible acuerdo. Una llamada de Isabel Díaz Ayuso puso las cosas en su sitio. Núñez Feijóo tenía que tener cuidado con lo que hacía si no quería tener la misma suerte que Pablo Casado.

No hay problema. Se tardará un poco más en hacerlo, pero la democracia española logrará vencer el boicot del Partido Popular. De la misma manera que hace cuarenta y cinco años los demócratas supimos acabar con un régimen fascista cuyos partidarios hicieron todo lo posible para que no terminara, en el siglo XXI España continuará por la senda de la decencia, la justicia y la libertad. El deseo de Franco no se ha cumplido por mucho que sus herederos sociológicos no puedan salir de ese círculo vicioso en el que se hayan instalados según el cual en España habrá democracia siempre y cuando se haga lo que quiera la derecha. La sombra del franquismo.

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