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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Lo de siempre

Felipe VI.

Lo del discurso navideño del rey es cada año más asombroso. Corrijo: las reacciones al discurso del rey son cada vez más asombrosas. Leo, por ejemplo, el tuit de la máxima responsable de Podemos en Canarias que dice que el rey no ha dicho nada y se burla de tal insignificancia. Si el rey dijera algo más explícito sobre algunos asuntos estoy seguro que esta señora –que no demuestra un conocimiento particularmente agudo del orden constitucional – saltaría indignada. Y eso se ha terminado convirtiendo en un mal endémico de la sin duda deficiente democracia parlamentaria que padecemos. Recuerdo a un filósofo español, Xavier Zubiri, que llamaba inteligencia sentiente a la impresión de la realidad en la capacidad de comprensión humana. Quizá pueda llamarse indignación sentiente –una indignación que no es intelectiva sino reactiva– a lo que les ocurre a muchas personas –y no solo políticos– que participan en el espacio público. No basta con indignarse, molestarse, irritarse, que no resultan además actividades inequívocamente virtuosas. La principal responsabilidad que deberían asumir muchos –sobre todo los que asumen una función representativa o prescriptiva– es la de entender. Si no entiendes algo, ¿cómo vas a poder criticarlo cabalmente?

Decir que el monarca que reina en España constitucionalmente no dice nada es demostrar una osada torpeza. La Carta Magna le otorga al jefe del Estado un papel «arbitral y moderador» y esa función delicada la ejerce todo el año y debe hacerla de forma neutral, genérica e integradora. A disposición de los interesados puede consultarse una ya amplia bibliografía; siguiendo el consejo de un maestro del oficio, yo he disfrutado e intentado aprender de un libro espléndido, La jefatura del Estado parlamentario en el siglo XXI, colección de textos coordinada por Javier Tajadura Tejada. Algunos se sorprenderían no al escuchar o leer las grandes intervenciones periódicas del soberano del Reino Unido o de los reyes del norte de Europa, sino, por ejemplo, las del presidente de la República Federal Alemana, que se cuida muy mucho de pronunciarse en materia partidista o legislativa o judicial. A los de la indignación sentiente incluso les vendría bien leer o releer las Memorias políticas y de guerra de don Manuel Azaña, para poder atestiguar de nuevo como, desde la Presidencia de la II República, se empecina en mantener una posición neutral, en no inmiscuirse en la gestión del gobierno en momentos de extraordinaria dificultad y en no hacer política, algo que incluso algunos de sus partidarios parecen incapaces de entender.

Por supuesto, la segunda razón para no escuchar al monarca es su «falta de legitimidad». No conozco a ningún especialista en derecho político o constitucional en España que defienda argumentalmente la hipotética ilegitimidad del rey Felipe V. Ninguno. Por supuesto que se puede proclamar una y mil veces el anhelo de una república y sostener lícitamente que el sistema republicano es política y éticamente superior a cualquier monarquía parlamentaria, pero eso no afecta a la legitimidad de la monarquía española, que no es –por muchas horas que le echen los creadores de memes– una imposición de Francisco Franco, un dictador por el que siente una nostalgia particularmente intensa (y perruna) la gran mayoría de las izquierdas de este país. La forma del Estado está definida por una Constitución elaborada por unas Cortes elegidas democráticamente y ratificada por un referéndum. El texto constitucional establece los mecanismos para su reforma, y si todavía cuentas con una mayoría política más amplia, plantea un nuevo proceso constituyente y pide tu voto para esa opción. Mientras tanto la forma de este Estado democrático y de derecho es la monarquía parlamentaria. Con lo fácil que es desconectar la tele si no quieres escuchar el discurso navideño del rey. Es el mismo día y a la misma hora todos los años….

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