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Matías Vallés

al azar

Matías Vallés

Sánchez acata pero ataca

Pedro Sánchez. EFE

Si se trata de obviar la palabra golpe, se puede hablar del país donde los locos guían a los ciegos, como en el emérito Rey Lear que cae tan cerca. Esta semana se ha decretado la ilegitimidad de todo Gobierno que no sea de extrema derecha, pero nunca hay que subestimar la cobardía de los verdugos, la aportación histórica de la película de Berlanga. La audiencia atónita comprueba que los jueces saben tanto de la Constitución como los epidemiólogos de los virus, así que cabe avituallarse para una pandemia.

La efectividad de los enterradores de la Carta Magna se basa en el miedo que suscitan, el cual depende a su vez de la ocultación de su imagen bochornosa. Duelen los vídeos de sus desplazamientos y reuniones, nadie va a pelear por un trasnochado magistrado del Constitucional. Pese a ello, los diputados han vuelto a arrojarse a los pies de los golpistas, perdón, de los locos que guían a los ciegos, aguardando a un salvador llegado del exterior. No interesa saber que están horrorizados, sino qué piensan hacer al respecto, porque se «prohibió» pero no se «impidió» como pretendían los titulares amilanados. Los progresistas musitan temblorosos con la excepción habitual de Pedro Sánchez, que acata pero ataca sin miramientos a sus objetivos habituales, hasta el punto de generar más inquietud en los cobardes propios que en los ajenos. Con respecto a Feijóo, un político que deposita su suerte en la plantilla de un tribunal más caduco incluso que caducado no merece comentarios. Se ha evaporado, engullido por una corriente golpista, perdón, de locos guiando a ciegos, que el candidato popular no domina. Será el primer aspirante que llega a La Moncloa por su carácter inofensivo. No deja hacer, se deja hacer.

John Roberts, presidente de la corte suprema estadounidense, tiene anotado que decisiones de la gravedad asumida en España no pueden adoptarse por la exigua mayoría de un voto. El Constitucional solo gana por penaltis pero, desde una combatividad inaudita en su placentera siesta burocrática, cualquier día puede prohibir las elecciones enhebrando argumentos pseudodemocráticos y agravios imaginarios. De hecho, es lo que pretende.

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