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Observatorio

El secreto islandés de la igualdad

El secreto islandés de la igualdad El Día

Todo va muy rápido y los fenómenos nuevos desbancan las realidades a las que estamos acostumbrados en un abrir y cerrar de ojos. Del sexting a la ecoansiedad, se atropellan los conceptos para definir tendencias y nuevas preocupaciones. No todos están en el diccionario aunque su significado está ya vivo entre nosotros. Hasta Islandia, que tiene una lengua antigua y hermética que ha sobrevivido a la dominación danesa y luego a la omnipresencia del inglés, ha sumado a su vocabulario palabras que definen la vergüenza por estar infectado de covid (smitskömm) y el respeto por el propio cuerpo (líkamsvirđing). Esta respuesta puntera a los cambios sociales es una más de las muchas que destaca la primera dama del país, la periodista y escritora Eliza Reid, en su primer libro, un llamamiento global a cambiar el mundo a partir de experiencias compartidas con el sello islandés.

La principal, la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres en un país que según el World Economic Forum durante más de una década ha ostentado el liderazgo en feminismo. El libro se titula Secretos de las Sprakkar, y cuenta enseguida que esa palabra islandesa tampoco tiene equivalente en la mayoría de lenguas: define a aquellas mujeres valerosas y extraordinarias que inspiran con su vida a las demás. Sprakkar es la capitana de barco que se hace por primera vez a la mar en las gélidas aguas atlánticas por libre, porque los hombres al principio le hacen el vacío. También la granjera feminista que controla hectáreas y ganado y que ha inspirado una novela de éxito internacional, Heida.

Sprakkar es también la jugadora islandesa de fútbol que fue de las primeras en lograr con su selección la igualdad salarial con los hombres y el mismo trato en los desplazamientos. Eliza Reid es una sprakkar: inmigrante (de origen canadiense), tuvo que esforzarse por encontrar un empleo en una tierra ajena, y ha levantado un retiro de escritores mientras educaba a sus cuatro hijos y ejercía, en la última etapa de su vida, de primera dama de Islandia.

No hace un relato complaciente: si las mujeres islandesas alcanzan más éxitos personales y profesionales que las de otros países tiene mucho que ver con herramientas legales que fomentan la conciliación, con un modelo educativo que inculca la igualdad desde el principio, con una sociedad que da oportunidades para organizarse de otra manera a la que históricamente ha penalizado a la mujer. Insiste en la importancia de la subvención de los primeros años educativos, o los permisos retribuidos por un año para los padres, por ejemplo, pero también pone el foco en la sororidad y ayuda mutua que se prestan las mujeres aliadas desde hace siglos en saumó, una especie de círculos de entre cinco y diez que comparten actividades de ocio, ya sea el ganchillo o cualquier otra iniciativa conjunta, y que se echan una mano en forma de consejos o favores.

La primera dama islandesa también muestra las fisuras del modelo, que las hay: persiste un techo de cristal en la representación en las grandes empresas. La violencia sexual se disparó con la pandemia. Las inmigrantes tienen una brecha de género superior.

Reid tuvo su momento de atención internacional cuando, en 2019, publicó en el New York Times una carta en la que reivindicaba que no era el bolso de su marido, en respuesta a las fotos de consortes de jefes de Estado en una cumbre del G-7: Reid reivindica una agenda propia para todas las mujeres. Desde entonces, se tomó muy en serio que solo teniendo voz en el máximo de foros posibles podría empujar las barreras y prejuicios que aún sufren las mujeres del mundo. Y las voces de las sprakkar, las mujeres extraordinarias, son las más ruidosas.

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