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Joaquín Rábago

La historia los juzgará

El presidente ruso, Vladimir Putin. EFE

El presidente ruso, Vladimir Putin, es sin lugar a dudas el principal, pero no, como quieren muchos, solo responsable de una guerra que sólo ha llevado destrucción y muerte al país que invadió ilegalmente el pasado febrero.

Y un día le juzgará por ello el tribunal de la historia porque no es de esperar que, al menos que se produzca una revolución en el Kremlin, vaya a hacerlo ningún tribunal penal internacional.

Como tampoco habrán de responder nunca los presidentes de EEUU por las guerras igualmente ilegales que emprendieron con todo tipo de pretextos contra otros países, posibilidad cuya sola mención parece ser, sin embargo, tabú entre nosotros.

Pero aún reconociendo la responsabilidad incuestionable y directa de Putin en esta guerra cruel como son todas las guerras y olvidando, como hacen muchos, la que llevaron a cabo durante años las fuerzas militares de Kiev contra los separatistas rusófonos del este de Ucrania, ¿justifica todo ello el sacrificio en el altar de la patria de decenas de miles de inocentes?

El tribunal de la historia no se limitará seguramente a juzgar sólo al brutal autócrata ruso, sino también a todos aquellos responsables políticos que, pudiendo haberla evitado, nada o poco hicieron.

Y no me refiero sólo a los halcones de Washington, muchos de ellos del Partido Demócrata, con su insistencia en meter un día a Ucrania en la OTAN sin tener mínimamente en cuenta los intereses de seguridad esgrimidos por Moscú y frente a mejor consejo de muchos de sus propios diplomáticos.

Hablo también de los gobiernos europeos que no supieron o pudieron ejercer presión suficiente en su día sobre el de Kiev para que aceptara los llamados acuerdos de Minsk, que ellos mismos habían negociado pacientemente con Rusia y Ucrania.

Un día se sabrá toda la verdad de lo ocurrido: por ejemplo, el papel de ciertos altos funcionarios de EEUU en la llamada revolución popular del Euromaidán, vista en Moscú como un golpe de Estado contra un presidente elegido en las urnas.

¿Por qué fracasó tan estrepitosamente en ese caso la diplomacia? ¿Por qué los europeos se dejaron convencer por el Gobierno de Washington y, no lo olvidemos también, por el de Londres, entonces presidido por Boris Johnson?

Y sobre todo, llegados hasta aquí, ¿debe acabar la guerra con una victoria militar incuestionable de una de las partes, algo que muchos consideran ya imposible? ¿Hay que descartar cualquier negociación, todo compromiso mientras Putin siga en el poder?

Si antes de la invasión, la autonomía de las regiones de mayoría rusófona pudo haber sido una salida aceptable para los dos bandos, hoy sólo parece caber una partición de Ucrania. Eso o la continuación de la guerra hasta la total destrucción de un país que no merece esa suerte.

Pero ¿sería aceptable para el presidente Zelensky la partición de Ucrania que quiere Putin? ¿No peligraría inmediatamente su cabeza? Como podría peligrar, por otro lado, la de Putin si se viese obligado a abandonar un día todo el territorio ucraniano.

Y sobre todo, ¿habrían valido la pena tanta destrucción y tantas muertes para llegar a algo a lo que pudo y debió haberse conseguido pacíficamente mediante la diplomacia y la paciente negociación desde el principio?

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