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Francisco Pomares

Monomarental

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda tras su proclamación como presidente de la Internacional Socialista durante la última jornada del XXVI Congreso de la Internacional Socialista (IS), en IFEMA Madrid, a 27 de noviembre de 2022. Ricardo Rubio - Europa Press

El Consejo de Ministros aprobará mañana la nueva Ley de Familia, tras la sorda batalla campal que se ha producido entre Unidas Podemos y el PSOE, y que de momento parece saldarse en una doble victoria: el PSOE gana en la cuestión de la pasta (no se amplía hasta los seis meses el permiso retribuido de maternidad), y Podemos ha ganado el discurso ideológico.

La nueva Ley clasifica las familias posibles en un catálogo de hasta 16 tipos: la familia de siempre, la familia múltiple –que son aquellas con nacimientos o adopciones múltiples–, la familia joven –en la que ambos progenitores tienen menos de 29 años–, la reconstituida –en la que la pareja comparte hijos de parejas anteriores–, la monoparental, que ahora –cuando se hace referencia a una familia sin padre- pasa a clasificarse como ‘monomarental’ por Ley, la familia inmigrante, la transnacional, la intercultural, la de hecho -integrada por un matrimonio o pareja de hecho- o la familia de una sola persona... Y otros siete tipos más.

La obsesión clasificatoria de nuestros legisladores, más propia de entomólogos que de políticos, no deja de sorprender, sobre todo si resulta que solo algunas de esas clasificaciones dan lugar a concretas ayudas o medidas que intervengan sobre las diferencias que la clasificación establece. Más parece -esto del catálogo- responder a una voluntad de renombrar lo que es obvio, que a veces nos conduce a cosas tan peregrinas como que las leyes se apropien de la libertad de crear y asimilar palabras nuevas, que corresponde en primera instancia a los hablantes y en segunda a la RAE.

La palabra nonomarental, por ejemplo, es un aberrante desafío al idioma, otro más: se trataba de poder nombrar con una voz específica a las familias monoparentales a cargo de una mujer, que son la mayoría. Y se eligió un mal formato: el de asignat previamente a ‘parental’ un significado que no tiene, ya que ‘parental’ no deriva de padre, sino de ‘progenitor’ -‘parentalis’, en latín- que a su vez surge del verbo ‘parire’ -‘parir’, en español- una función -de momento, y a pesar de los siglos de patriarcado- poco atribuible al padre. Pero está claro que nuestros creadores legales de palabras no estudiaron en su día ni mucho latín ni mucho griego: si lo hubieran hecho sabrían que es absurdo ligar el término griego ‘mono’ con ‘marental’ o ‘parental’, para atribuirlos a una sola persona. La interpretación correcta de familia monoparental es ‘familia de un solo progenitor’, no ‘familia de un padre solo’. Y seguirá siendo así, aun cuando ‘monomarental’ se incorpore a nuestro idioma por imperativo legal, para definir a ‘familias de una madre sola’.

Supongo que estas disquisiciones no interesan mucho a nadie al que no le preocupe el triste destino de una lengua –la nuestra- sometida a una creciente presión ideológica que la complica y nos confunde. Al personal lo que le preocupa es la ficha financiera de esa nueva Ley de Familia, qué modificaciones va a establecer, y –dado que la ministra Belarra no ha logrado ampliar el permiso de maternidad a los seis meses- la más importante va a ser sin duda la consideración de familia numerosa para las familias con un solo progenitor con dos hijos a su cargo, que se aplicará también a las familias tradicionales con dos hijos en las que un ascendiente o descendiente tenga discapacidad, a las familias con dos hijos encabezadas por una víctima de violencia de género o por un cónyuge que haya obtenido la guardia y custodia exclusiva sin derecho a pensión de alimentos. Se trata de medidas convenientes, de las que responderá el Estado, que también se hace cargo de sufragar el nuevo permiso retribuido de cinco días al año para atender a los familiares más cercanos. Inicialmente iban a ser siete días no retribuidos, pero el PSOE aceptó retribuir el permiso si se dejaba en cinco días.

La ley incluye otro permiso -de hasta ocho semanas al año, pero éste no retribuido- para que cuidar de los hijos hasta que el menor cumpla ocho años y una ‘renta de crianza’ de cien euros al mes por cada menor de tres años. Ya existía antes, pero sólo la cobraban las madres trabajadoras. La ley lo extiende ahora a casi todo el mundo. Es como aquellos 3.000 euros del cheque bebé de Zapatero, pero repartido en pagos mensuales…

Recordar el cheque bebé da un poco de grima. Ya saben lo que vino después: una década de ajustes, congelación salarial y restricciones.

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