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Juan Cruz Ruiz

notas de un espectador

Juan Cruz Ruiz

Pedri y la armonía

Pedri González. RFEF

En la Tasca Fernando, de Tegueste, cerca de La Laguna, en Tenerife, te reciben a la vez la gente, las fotografías y el olor a los buenos guisos que se hacen en una cocina familiar donde se percibe una felicidad que tiene que ver con la paciencia. Has de hacer un recorrido leve, de cualquier parte de la isla a Tegueste todas las carreteras son buenas, y llegar a este remanso, uno de los municipios independientes más bellos de la isla, es un placer en el camino, después de pasar por La Laguna la bella y antes de adentrarte en Bajamar, donde los chicos se entrenan para ser fuertes, felices y libres.

En este lugar, la tasca, la gente que te recibe, que te da de comer, que te ofrece lo que tiene y no te importuna con chácharas de bar, es sensacional, generosa, inteligente y tranquila. No es una casa de comidas, es exactamente una casa, en la que todo funciona con la intensa naturalidad que marca la vida, y la gestión, de unos profesionales conscientes del papel que tienen, no es la de ser simpáticos, solamente, sino la de ser exactos, normales, acogedores y generosos, pero no la de explicar más allá de lo que tienen en la carta y en la naturaleza de su negocio.

Están los que tienen que estar, no abruma el personal, ni te vienen a ver a cada rato para indagar sobre cómo te ha ido en la ingesta de lo que viene preparado de una cocina que tampoco te abruma con tus sugerencias. Lo que hay es lo que hay, nada es exagerado o superfluo, y esa exactitud te explica el éxito que tiene el local desde hace muchos años, desde que el patriarca, cuyas fotos están por las paredes y cuya historia te la cuentan con admiración y nostalgia, fundó este local que está bajando a la derecha, antes de seguir al mar en el que, por ejemplo, el hijo más famoso, sigue entrenando en los veranos. Conviene ralentizar al llegar a Tegueste, porque la cuesta (para subir, para bajar) anuncia el sitio, que no se va anunciando sino en el lugar preciso en el que dice Tasca Fernando. La apariencia es una casa, y a una casa entras una vez que te das cuenta de que ese es y no otro ese local del que te han hablado y que está, si vienes de La Laguna, según bajas a la derecha. Como se suele decir en las indicaciones orales, no tiene pérdida.

El personal te recibe y te coloca. En seguida se llena el local, como si el que viene se pusiera de acuerdo para, con su presencia, explicar la razón del éxito de local tan tranquilo, en el que hay parroquianos habituales que se sientan ante el mostrador como si fueran a comprobar que todo va bien en el vecindario que regenta el actual Fernando. Fernando es el hijo de aquel Fernando, y es el padre. El padre y el tío capitanean esa zona de recibimiento con una generosidad tranquila, en la que el cliente es lo máximo, pero no lo único. Lo principal es esa relación entre los que reciben al que viene y los que vienen.

A veces, muchas veces, esos que vienen andan empujados por sus hijos, que quieren ver las fotografías del mito. Los padres, los veteranos, ya están avisados, porque aquí siempre, desde que el mayor de los Fernando, el padre, el abuelo de todos, se rindió a los encantos del Barça y llenó la casa, esta casa de comidas, de esta mitología, se sabe que hay un color mixto, el color azulgrana.

Esas son las fotografías, no abruman, dan una información precisa sobre las admiraciones futbolísticas que marcan el pasado y el presente de la familia. Hay una muy antigua en la que este Fernando que ahora preside el negocio familiar era un muchacho que acompañó a su padre, aquel Fernando, a la final de Wembley, cuando el Barça de Koeman (el gol fue de Koeman) ganó aquella Copa de Europa cuyo sonido de celebración aun se mantiene en la garganta de los barcelonistas.

Aquel Fernando, ahora el abuelo tan añorado, fue presidente de las peñas azulgranas de Tenerife, y aunque no lo hubiera sido era el más capacitado para decir qué hay en un corazón culé. A aquellas fotos de la prehistoria (de la familia, del bar, del Barça, de Tegueste) se han unido otras que son ahora las más transitadas por la curiosidad de la chiquillería futbolera y por los devotos adultos. En ellas se ve al actual protagonista de la historia abrazado a algunos ídolos modernos, como Messi, con el que se ve retratado desde todos los ángulos posibles en unas paredes ante las que el padre del ídolo, este Fernando, posa con los muchachos con la alegría contenida propia de la sobriedad de gente del norte, del norte de Tenerife y me parece que de cualquier norte.

De esa serenidad, de esa armonía que se respira aquí, en esta casa de comidas en las que la prontitud y la calidad se dan la mano, nace un mito de nuestro tiempo, acaso el futbolista más sereno que ahora tiene el fútbol y que vive en Qatar el principio de su consolidación internacional como genio. Pedri es de esta naturaleza, de la naturaleza de esta casa, del rigor casi musical que se vive aquí, de esta armonía. Viéndole jugar uno se imagina a la familia mirándolo, desde la distancia de Tenerife, hasta la caliente Qatar de nuestros días, y acaso es lo que lleva a pensar que cuando este joven genio del fútbol simula unos prismáticos con los que mira a cualquier sitio es que seguramente imagina al otro lado de su imaginación este rincón de la isla, entra en la cocina donde su madre prepara los guisos, ve a su tío dibujando humor y melancolía, y se encuentra con su padre, este isleño sobrio que siempre sonríe, en silencio, cuando le hablas de las diabluras tranquilas del mejor medio volante que tenemos desde que se retiraron Xavi e Iniesta.

Lo veremos hoy, lo veremos siempre, otear el horizonte, como decía don Matías Prats, fijándose acaso en una isla cuya capital más verdadera es esta casa teguestera y, en concreto, la cocina donde su madre hace los milagros del sabor y de la tranquila alegría de esperarlo.

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