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editorial

Grietas que no hacen ningún bien a las mujeres

Pancarta de la manifestación convocada por el movimiento feminista de Madrid con el lema 'Irene Montero, dimisión' EUROPA PRESS

La violencia doméstica y los asesinatos machistas no aflojan. Décadas y décadas de esfuerzos en concienciación y pedagogía para un cambio de roles han traído muchos progresos, pero también resultados frustrantes. Uno en especial alarma: los jóvenes de hoy repiten patrones de sometimiento que creíamos superados en generaciones educadas en valores muy diferentes. Viene a remarcar todo esto que queda mucho por delante y que hay que renovar estrategias para las soluciones, sin centrarse únicamente en lo cultural, buscando ampliar los enfoques. El 25-N acaba de celebrarse con el feminismo sacudido por tensiones, la clase política arrojándose los trastos y la sociedad dolida por leyes poco cuidadas que acaban menguando penas a violadores. Grietas que no hacen ningún bien a la causa de las mujeres.

Solo tres pactos de estado han firmado los partidos en los años de vigencia de la democracia: los de La Moncloa para sacar al país de la ruina económica, el antiterrorista y el que comprometió a todas las fuerzas en el combate contra la violencia de género, que hoy, por unas cosas o por otras, parece tocado. Nunca ha sido tranquila la lucha feminista, pero la celebración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres coincidió con momentos de especial agitación en el movimiento.

Las multitudinarias marchas de hace cuatro años lograron convertir la igualdad en el epicentro de una reivindicación trasversal e intergeneracional. El intento de instrumentalizar esa fuerza con otros fines más allá de la defensa de las mujeres, para obtener réditos electorales deprisa y corriendo, empaña ahora ese enorme éxito, frivoliza la lucha con posturas extemporáneas, revictimiza a muchas agredidas y divide al propio feminismo.

Admite pocas dudas, a decir de los expertos, que la deficiencia de la ley del «sí es sí» no reside en su fin sino en la escasa calidad técnica con que fue redactada, que no previó las consecuencias del reajuste de condenas. A su rebufo se han propalado con tono triunfalista y revanchista auténticas barbaridades. Ni cabe recibir cada enmienda como un ataque fascista, ni cuestionar la norma da derecho al insulto zafio hacia quien la promueve, ni los jueces son unos asquerosos machistas.

Estas polémicas artificiosas, y otras en torno a la «ley trans» o a la regulación de la prostitución, desgastan. Quizá por ello, los actos del viernes en Canarias carecieron de la efervescencia y capacidad de arrastre general de ocasiones anteriores. El lema de la convocatoria hablaba de la «violencia invisible». Por desgracia, actos de dominio que merecen el más absoluto de los repudios siguen a la vista. Habrá que preguntarse por qué la plaga no remite, y modificar planes para obtener resultados distintos.

El sexismo impregna sin pretenderlo bastantes conductas. La lucha contra la violencia machista corre el riesgo de difuminarse con polémicas que banalizan el objetivo incuestionable de desterrar actitudes infames en el hombre. Se puede plantear cualquier cosa y discutirla, nunca mermar fuerza a una corriente de denuncia cuando persiste la realidad actual de desigualdad en múltiples frentes. La brecha salarial lo recuerda. Además, paradójicamente, la semilla de la rebelión no prendió en muchos jóvenes, que repiten pautas de opresión intolerables y cuentan con herramientas nuevas, como los móviles, para ejecutarlas. Progresista, en el sentido más estricto del término, referido a quien fomenta los avances, no a quien pretende engordar el medallero ideológico, es hacer lo posible por desmontar estas evidencias. Recomencemos por ahí.

Nadie cuestiona atender a la diversidad, pero dividir a los ciudadanos sin miramientos afilando argumentos simplistas y emocionales, clasificarlos por sistema en buenos y malos, constituye una forma perversa de ejercer la política que desgraciadamente está imponiéndose en España. Y por seguidismo complaciente y servil a las cúpulas nacionales, también en Canarias. Mientras a los votantes les pase desapercibido ese uso torticero como escudos electorales al que los están sometiendo o no se decidan firmemente a castigarlo, los políticos seguirán aplicándose en enfrentar gratuitamente a los de izquierda con los de derecha, a los de arriba con los de abajo. La consecuencia: ningún resultado práctico que pueda traducirse en mejora de las condiciones de vida para la mayoría, o en prosperidad individual y colectiva.

Polarizar a la sociedad no augura nada bueno. Únicamente contribuye a descarnar los resentimientos solo por la vengativa y mísera satisfacción de imponer una razón, no la razón, y de dirimir las cuitas a latigazos. Qué enfermizo entretenimiento el de flagelarse. El día en que acaben el cainismo y las banderías, empecemos a querernos más y recobremos la autoestima este gran país y este gran Archipiélago romperán cualquier límite.

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