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Artículo indeterminado

El viaje de vuelta

Molino de gofio en Santa Cruz de Tenerife. María Pisaca

Mi madre me despierta con un mensaje de voz en el que dice algo así como: «Escuché que la ONU va a comprar gofio para ayudar a paliar las hambrunas en África. Yo pienso que con el hambre que ha matado en estas islas en tantos siglos… Y pienso que de África vinimos, ¿no? Pues algo tenemos que devolverles, que ya les hemos robado mucho. Bueno, hija, pienso tantas cosas… Tengo mucho tiempo para pensar, no le hagas caso a tu madre. Buenos días».

Mi madre tiene la cabeza perfecta. Ojalá tuviera igual cada uno de los órganos de su cuerpo. Y claro que le hago caso. Le hago caso no porque piense que siempre tiene razón, sino porque ha vivido cosas que mi generación, suerte la nuestra, no alcanzó ni a atisbar.

Y porque su lógica, que a ustedes les pudiera parecer simple, a mí me parece siempre llena de vida, de cicatrices. Entre las cosas que mi madre ha vivido y yo solo he visto en la tele o en los papeles está, por ejemplo, la plaga de langosta del año 58, cuando los insectos bíblicos campaban a sus anchas por parques y plazas y acababan en segundos con las copas de los árboles y los cultivos de los campos.

Los chiquillos les ponían un hilito alrededor del cuello como a mascotas minúsculas y se divertían con los saltitos de los cigarrones y los hacían volar como pequeños helicópteros. Eso, los menos sádicos. Otros, los rociaban de algún material inflamable a mano, o, directamente, con un fósforo les prendían fuego. Y aquello olía a carne quemada, tal vez la única que se iba a oler por los alrededores en un tiempo, porque la isla andaba metida de cabeza en la posguerra.

Mi madre tenía 13 años y, aunque a los mayores, la mezcla de langosta y calima que oscurecía los días les parecía la fin del mundo, sus amiguitas de la calle El Saludo: Mari Popa, Mari Trotski y ella misma, Mari la de Ana, lo vivían como un suceso divertido, con las aceras salpicadas de hogueras y de ruido de cacharros para ahuyentar a los bichos y la falta de conciencia de una infancia que bastante tenía con haber llegado a crecer sin que se les atravesara una tuberculosis o cualquier otro mal para el que habría sido imposible hallar remedio ni de estraperlo.

Le hago caso a mi madre porque ella presenció cómo Francisco, alma buena que se perdió un día en la niebla de la locura, que dormía donde podía y lo dejaban, un día se desplomó justo delante del cuartel de Artillería, frente por frente de casa de mis bisabuelos y salieron, entonces, los vecinos a auxiliarlo. Una paisana, solícita, ofreció: «voy a traerle una tacita de agua de toronjil, que eso es bueno para la tensión». Y revivió, entonces, apenas, el pobre Francisco, levantó la mano y con un hilo de voz trémula, que no parecía salir de su cuerpo, rogó a la mujer: «Échele gooofiooo».

Ese existir tragicómico que fueron los primeros años de vida de mi madre no hacen que su palabra sea ley, claro que no, pero sí que valga tanto como la que más vale.

Así que, igual que llegaron un día los primeros pobladores de las islas, que inventaron esa manera de majar y moler el cereal hasta hacerlo alimento que mató las hambrunas y el raquitismo; así como hizo el viaje a América en el zurrón de tanto emigrante, ojalá haga el gofio el viaje de vuelta, el viaje al origen, al centro, y sirva para empezar a acabar con la desgracia interminable que azota a la madre de todas las tierras.

@anamartincoello

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