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Alejandro de Bernardo

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Alejandro de Bernardo

No, porque te quiero

No pocas veces me pregunto si no estamos formando blandengues. Hijos o alumnos. Vale igual. Personas que rehúyen el esfuerzo, que se esconden ante la menor dificultad, que el mínimo fracaso les tumba. Me preocupa como pedagogo y como padre. Criaturas de mantequilla que se derriten con el primer rayo del sol de la adversidad. Las consecuencias no pueden ser más nefastas. Les va la vida en ello. Y no son ni somos conscientes. ¿Conocen las terribles cifras de suicidios de jóvenes?

El amor está lleno de trampas. La sobreprotección de los padres está causando graves daños a los hijos y a las hijas. Queremos ganar su afecto, les evitamos los esfuerzos, vemos méritos por todos los lados, rebajamos al mínimo las exigencias, disculpamos los errores, renunciamos al derecho de elegir qué programa de televisión vamos a ver… y caemos ante las peticiones más extravagantes.

No es fácil amar a los hijos. Nada fácil. Porque con el amor no es suficiente. El amor esconde riesgos inquietantes. Un tal Holderlin utiliza una interesante metáfora para hablar de la educación. Dice que los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose. Para que el continente emerja, las aguas tienen que retroceder. El peligro es anegarlos. No vale el «hazlo por mí», el «piensa por mí», el «decide por mí», o el «responsabilízate por mí»… De ahí se agarra la pereza, la falta de esfuerzo para criar lo que yo llamo –con mucha generosidad– plantas de aire. Solo ocupan un espacio pero sin aportar otra cosa que no sean preocupaciones.

Hay que decir no. No a los caprichos. No a las peticiones irresponsables. Decir no es una forma de decir te quiero. Decir no es una forma de forjar el carácter. Un no firme y razonado, no caprichoso. Un no sensato, no sádico.

Estamos acostumbrando a nuestros hijos a tener en casa camareros, taxistas, limpiadoras, cocineros, enfermeras, cuidadores, planchadoras… algo razonable mientras son pequeños, pero tienen que ir haciéndose autónomos, independientes, autosuficientes.

El primer día que el niño pueda peinarse solo, que lo haga. Lo que pasa es que disfrutamos haciéndolo y sintiéndonos imprescindibles. Ese es el problema. El primer día que puedan cruzar la calle solos… adelante. No les lleven de la mano. El primer día que puedan viajar solos, que lo hagan. Todo esto significa que hay que asumir algunos riesgos. Seamos conscientes de que cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para su desarrollo.

En la viña del Señor… hay padres que preparan el camino a sus hijos y otros que preparan a sus hijos para el camino. Son dos actitudes opuestas. Cuando se les prepara el camino, se quitan los obstáculos, se colocan señales o, incluso, se les lleva a cuestas… no se dan cuenta de que se les está haciendo inútiles y que los padres no van a estar ahí siempre… Sin embargo, cuando se les prepara para el camino, se les hace autónomos para recorrerlo, tengan dificultades pequeñas o grandes.

Desarrollar la tolerancia a la frustración es muy importante porque la vida no siempre es un camino de rosas. En la vida hay fracasos dolorosos, decepciones inesperadas, errores desastrosos, hechos desagradables, personas crueles, situaciones difíciles, muerte de seres queridos, rupturas amorosas, traiciones incomprensibles, jefes tóxicos, enfermedades horribles, trabajos ingratos… para afrontarlos, hace falta fortaleza y espíritu de sacrificio. No se puede hacer solamente aquello que nos agrada, no es posible limpiar el camino de obstáculos… Hay que aprender a superar la adversidad. Tienen que saberlo los hijos y las hijas. Saberlo y hacerlo. Siempre es más fácil criar niños y niñas fuertes que reparar hombres o mujeres rotos.

Feliz domingo.

adebernar@yahoo.es

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