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ANÁLISIS

Conflicto y desahogo

Pérez y Requena re-relatan la memoria de una parte de Santa Cruz de Tenerife que ya no está

Quiso la casualidad que sobre las 11:30 a.m. del 24 de octubre de 2018 pasara por el puente Serrador, donde se congregaba un grupo de personas entretenido con la actividad de una grúa. Asistí a los mordiscos que daba al conocido como edificio amarillo —situado al principio de la calle Miraflores de Santa Cruz de Tenerife— que ya hasta el color había perdido. Nunca he sabido mucho de esta zona, solo lo indispensable: no pasar por allí de noche por ser lugar de «conflicto y desahogo», como tan poéticamente lo definen Pérez y Requena en su última propuesta artística, Conquistador, que puede verse en la sala Bibli hasta el 5 de enero.

Allí exhiben parte de los resultados de una investigación —parece que saldrá una publicación con imágenes de lo mucho hallado— desarrollada durante 14 años sobre esa parte de la ciudad, que abarca desde el Puerto hasta el Mercado Nuestra Señora de África; esa parte que existe en toda urbe que se precie pero que se desprecia porque en ella se concentra el lado oscuro; léase prostitución, drogas, gente de mal vivir conviviendo con algunos comercios y viviendas.

Pérez y Requena muestran una serie de obras —no muchas, pero suficientes— que van desde objetos originales como la moldura de la barra del bar La Granadina, con un diente incrustado incluido, o un fragmento de fachada de un inmueble de la zona, hasta recreaciones de las paredes del bar Niágara, con algunos de los dibujos hechos por sus clientes con pinta de estar inspirados en sus propios tatuajes.

Opino que estas piezas actúan como disparadores, dispositivos, creando una suerte de escenario dispuesto para que el espectador divague, imagine historias que, quizás, se dieron entre estas paredes. De repente, observo que no tengo ni idea de lo que realmente pasa en sitios como estos; solo acierto a intuirlo a partir de lo visto y oído en películas, noticias, chismorreos…. Vamos, mi imaginario.

Así, me da en toda la cara la pieza Virgen de Fátima, un pequeño dibujo, en la esquina superior izquierda de una pared, obra que referencia la procesión anual de las prostitutas de la zona en la festividad de esta Virgen. Me resulta… ¿conmovedor? Me avergüenzo y me asusto a partes iguales porque caigo en la cuenta de que estoy mirando desde el pensamiento situado: ¿Acaso las prostitutas no pueden ser personas con creencias religiosas? ¿Acaso he equiparado creyentes con buena gente? La fuerza de esta pieza, opino, juega con todo esto; nos desmantela para evidenciar la fragilidad de nuestro discurso consciente que es derribado, aunque sea por un momento, por un montón de prejuicios bien agarrados. Y así vamos por la vida, cogidos con pinzas.

Como digo, en mi recorrido por Conquistador predomina la sensación de estar en un escenario, un decorado, preparado para que allí ocurra algo. ¿Quizás una versión teatral de Las flores del mal de Baudelaire? Sería perfecto. ¿Una sesión de fantasmagoría? Me refiero al juego de luces y sombras, no la acepción marxista de este término que guardo para otro texto sobre la exposición Concretos, actualmente visitable en TEA, donde Pérez y Requena exhiben su trabajo Arrife.

Pero, por encima de cualquier impresión y reflexión, creo que Conquistador es un ejercicio de descaro artístico que, aclaro, en el contexto del arte contemporáneo, constituye un halago. Genera una atmósfera potente, incómoda que, nos decimos, no está muy claro de dónde viene, pero... ¡Claro que lo sabemos! Los espacios originales en los que se encontraban estas piezas eran decadentes, cutres, viciados y viciosos —nosotros no pertenecemos a ese lado— pero ahora surgen esplendorosos en un cubo superblanco para un disfrute burgués que, aclaro, en el contexto del arte contemporáneo, no constituye un término despectivo. Conquistador transforma estas piezas en mirillas y nos cuela en un mundillo del que, de una u otra manera, hemos participado ya que está delineado por la sociedad misma. Confieso haber empezado aquí mismo otro párrafo haciendo referencia al burdel como ejemplo del concepto de heterotopía de Foucault, pero este discurso está ya tan choteado que me aburrí a mí misma. Borrado.

Al final de mi visita recordé que había grabado un vídeo del momento deconstructor de la excavadora pero, sobre todo, recordé por qué no lo había borrado siendo una antidiógenes declarada; guardo poco o nada. Me interesó mucho el debate que comenzaron las personas allí congregadas, así, de repente, acerca del devenir de las ciudades. Unos defendían la demolición para eliminar un foco de suciedad y delincuencia mientras que otros opinaban que «eso» también formaba parte de la idiosincrasia de Santa Cruz y que nos viene más de gentrificación y ciudades calcadas unas a otras para gusto de los guiris.

Finalizo con la pregunta del millón: ¿Dónde están ahora los espacios de conflicto y desahogo? Si Santa Cruz pretende ser una urbe que se precie, ha de tenerlos.

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