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Luis Ortega

Gentes y asuntos

Luis Ortega

‘Prestige’

Anatomía de un desastre: ¿podría repetirse el ‘Prestige’? Juan Fernández

El martes 19 de noviembre de 2002 presencié el culmen del mayor desastre natural ocurrido en la España contemporánea, que, a la vez, generó la plataforma ciudadana Nunca Máis, nacida para reclamar responsabilidades medioambientales, judiciales y políticas por el suceso, y un movimiento solidario que superó, desde primera hora, los límites nacionales y reunió a europeos de las cuatro esquinas en las esforzadas tareas de limpieza del fuel en las costas gallegas.

En la alegre trattoria del Trastévere donde cenaba, de pronto y como por arte de magia, se hizo un silencio sepulcral y los clientes miramos en un televisor de la barra y en un informativo de la RAI, en un intenso minuto, las últimas ocho horas del Prestige, resumidas en tres escalofriantes secuencias: a las 8:00 se partió en dos; a las 12:00 se hundió la popa y, a las 16:18, la proa.

Al regreso del viaje de vacación, reconstruí la noticia de alcance que arrancó seis días antes, el miércoles 13 de noviembre a las 15:15 cuando, en medio de un temporal con olas de ocho metros, los servicios de Salvamento Marítimo de La Coruña recibieron un mensaje de socorro de un buque situado a veintiocho millas de la costa. El capitán Mangouras, veterano marino mercante, comunicó que había escuchado una explosión a bordo y pedía ayuda.

Entre la llamada y el hundimiento, con cuentagotas y ruido, saltaron opiniones encontradas e inútiles llamadas a la calma; se conoció que el barco, botado en 1976, tuvo varios cambios de propiedad y que desde 1988, con pabellón de Bahamas, viajaba hacia Gibraltar, con veintisiete tripulantes. A la hora de contar el episodio, observaron los medios informativos la extraña transigencia de las compañías de clasificación, que permitieron su libre circulación, cuando ya varios países europeos tenían vetada la navegación por sus costas y el acceso a sus puertos de los petroleros monocascos, por el riesgo que comportaban; como contraste, comentaron la incomprensible permisividad española, que acabó, aunque tarde, después del costoso accidente.

Los peores datos del drama anunciado llegaron con las características del buque –eslora 243 metros; manga, 34; calado, 14 y capacidad de carga 81.589 toneladas– y el transporte de 77.000 toneladas de crudo. Sus restos acabaron a más de 3.500 metros de profundidad y a 320 kilómetros de tierra.

El affaire tuvo una ruidosa resaca política que implicó a los gobiernos autónomo –con Manuel Fraga, retornado a su región natal en su último mandato– y central, con José María Aznar, en el ecuador de su mandato.

Se barajaron dos alternativas para evitar el vertido al mar: la conducción del barco, asistido por remolcadores, hacia algún punto seguro para facilitar la descarga del crudo; la segunda, de mayor riesgo, conducirlo mar adentro, alejarlo de la costa y con eso alejar el problema. El capitán del barco, según declaró en el juicio, defendió la primera opción, desechada por las autoridades españolas.

Los resultados están en la historia española y mundial. Después de la destrucción del transbordador espacial Columbia, en 1981, y del accidente nuclear de Chernóbil, en 1986, fue el tercer suceso más grave y costoso ocurrido en el planeta, con 12.000 millones de euros gastados en las tareas de limpieza.

Frente a las sucesivas versiones oficiales, que recortaron a niveles ridículos las cifras, se vertieron 63.000 toneladas y, con altísimo coste, por la compañía Repsol se rescataron apenas siete mil para su reutilización.

Se contaminaron 1.137 playas gallegas, portuguesas y francesas, murieron más de doscientas mil aves y los perjuicios en el medio marino resultaron incalculables.

La desventura del Prestige quedó en la memoria colectiva de Galicia y, de modo singular, en los vecinos de la Costa da Morte, desde Arteixo a Finisterre, las víctimas directas, con más de cuatro mil pescadores y treinta mil empleados en industrias asociadas en el paro.

En la esquina positiva quedaron la reivindicativa Nunca Máis y la Marea Blanca, la multitud de voluntarios desplazados desde los lugares más remotos, que dieron lecciones de arrojo y generosidad en la dura limpieza de las costas, con más generosidad y esfuerzo que medios materiales. Un memorial escultórico de Óscar Aldonza en el Paseo de San Vicente del Mar, en el concejo pontevedrés de El Grove, recuerda la hazaña.

El complejo recorrido judicial llegó hasta noviembre de 2013 y solo registró una condena judicial, una extraña paradoja que encontró en Apostolos Mangouras, «el último capitán del Prestige», al único culpable, porque desobedeció la orden errática de alejar el petrolero de la costa –la calificó de insensatez– y fue castigado con dos años de cárcel en una sentencia que, desde fuera y la distancia temporal, es una ofensa a cualquier inteligencia mediana y conciencia independiente. También se censuró, sin efectos penales, al delegado del Gobierno en la comunidad gallega, Arsenio Fernández de Mesa, que, según la Audiencia coruñesa, «desempeñó una tarea de coordinación difusa y confusa». De ahí para arriba, todos inocentes.

En el penúltimo capítulo, el Tribunal Supremo fijó las indemnizaciones definitivas en más de 1.500 millones de euros, con IVA e intereses, a repartir entre los estados español y francés, la Xunta de Galicia y otros 269 afectados por el vertido entre particulares, empresas, mancomunidades, ayuntamientos y sociedades.

Resta aún la solución al pago de dichas indemnizaciones por los responsables directos –The London Owners Mutual Insurance Association y la propietaria del barco–, que han derivado el pleito hacia los tribunales británicos, donde radican.

Y mientras se actualiza el refrán castellano –«Pleitos tengas y los ganes»– los gallegos recuerdan los días aciagos del vertido, el oscurantismo, confusión y afectación de los poderes públicos y, en el otro lado, la actuación providencial de Nunca Máis, que logró que la administración central reforzara las garantías de la navegación y endureciera los castigos por daños ecológicos.

En un atardecer inolvidable del último verano, un avezado percebeiro afirmó ante un grupo de visitantes que, veinte años después, todavía se descubren restos del chapapote en rincones de la Costa del Fin de la Tierra.

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