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El desliz

El largo y cálido veroño

Pilar Garcés. E. D.

Vamos hacia el sexto mes de calor, qué hartazgo. Nos han robado el otoño, dejándonos a cambio una prolongación del veranillo de San Miguel que a este paso enlazará con las navidades.

Con palpitaciones termino de ver en la tele A tiempo completo, película maravillosa que recomiendo porque es la vida de una madre que no llega a todas sus obligaciones, más trepidante que Speed y La jungla de cristal juntas. Acaba la peripecia frenética de esa mujer heroica contra el mundo y pienso: «La suerte que tienes de que por lo menos en tu ciudad hace fresco». Y llueve. Por estos pagos corremos igualmente del trabajo al cole, a la extraescolar, a casa y al súper, y al gimnasio y al cole y al parque y al súper otra vez, pero sudando la gota gorda. Desde finales de mayo, nuestra existencia es pura transpiración. Nos encaminamos hacia el sexto mes de verano, treinta y tres grados dentro del coche si lo has dejado al sol, veintimuchos en el autobús, récord de noches tórridas. Vamos a pasar del veroño, el neologismo que funde dos estaciones aunque en realidad suplanta una de ellas, al invierno. Y eso con suerte. «¿Te lo quieres probar?», me pregunta una dependienta que me ve observando con aprensión un abrigo precioso. «Pues no me animo», le respondo, pese a que el aire acondicionado de la tienda es lo más parecido a la temperatura otoñal que voy a catar en todo el día, y salgo de allí tratando de no rozar las prendas de lana que se amuerman en los estantes. El paño grueso me da dentera, el calor del ordenador me marea. Los niños no quieren sopa, se agobian en los entrenos y se quejan de los mosquitos, «porque tú dijiste que se morirían todos en otoño y ya es otoño, y estos mosquitos son todavía más gordos que los del verano».

El veroño de días agradables y noches frías tampoco existe, se ha transformado en días de humedad sofocante y noches ídem, con una mínima tregua al amanecer. Las sandalias siguen en los escaparates y nadie en su sano juicio se aventuraría a cambiar el armario para tener a mano los pijamas gordos y pantalones vaqueros. Los edredones permanecen a buen recaudo. Quien recuerda la costumbre de estrenar gabán por Todos los Santos se sorprende al ver los cementerios tomados por señores en pantalón corto y señoras en vestidos de tirantes. Las playas se llenan el fin de semana, igual que la terrazas, y los tatuajes ajenos siguen a la vista. Los cultivos han enloquecido, algunas aves se quedan a pasar la vida en nuestro trópico y se han visto almendros en flor en Ibiza porque los árboles creen que está llegando la primavera. Lo que no va a llegar como solía, seguro, es el otoño. Qué añoranza.

Nos hemos quedado sin estaciones intermedias, el entretiempo es otra víctima del cambio climático. El otoño con sus colores dorados y sus olores a naturaleza en mudanza va a durar un mes, si acaso, como le ocurrió a la primavera. Vamos a tener únicamente invierno y verano, un tiempo en blanco y negro, tan sin matices como la actualidad que nos ha tocado. Dicen los expertos que no hay que deducir semejante futuro biestacional de los termómetros enloquecidos de este año, aunque no es posible ignorar la tendencia, pues vamos a récord semanal de meteoros extemporáneos. Este verano está durando demasiado, y ni siquiera las facturas infladas de calefacción que nos estamos ahorrando lo hacen más llevadero. En dos semanas se encienden las luces de Navidad, y por aquí vamos a ir a comprar las castañas asadas en bikini.

@piligarces

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