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Ignazio La Russa | presidente del senado italiano

La mirada luciferina del Rasputín de la extrema derecha

El nuevo presidente del Senado de Italia, Ignazio La Russa. REUTERS

Hacía un año que Ignazio La Russa, con 24 años, estaba al frente del Fronte della Gioventù, la rama juvenil del Movimento Sociale Italiano (MSI), los herederos declarados de los «perdedores» de la guerra, como ellos mismos confesaban. Había llegado con su familia desde Sicilia, donde su padre fue un dirigente del Partido Fascista, y ya vivía en Milán. En 1972 participó en un mitin anticomunista en la Piazza Castello. Tenemos las imágenes porque las utilizó Marco Bellocchio para su película Sbatti il mostro in prima pagina, que aquí se tradujo como El monstruo en portada. El argumento del filme no está de más. Se trata de incriminar con falsedades a un joven comunista por un crimen horrible que no cometió. Mentiras para desacreditar a la izquierda, en una época crítica para Italia, los llamados anni di piombo, los años de plomo (los 70 y 80 del siglo XX) que trajeron confrontaciones violentas, atentados, secuestros y una sensación latente y constante de guerra civil.

Pues bien, La Russa era un joven dirigente fascista que se dirigía «a todos aquellos italianos que no hemos renunciado a calificarnos como hombres». No es solo lo que decía, sino cómo lo decía. Uno de los testigos de ese mitin, Sergio Cusani, hablaba, años después, «de esos ojos inquietantes que nos miraban». El La Russa joven da miedo de verdad, con pelo largo, barba prominente, nariz puntiaguda y mirada desafiante, un sguardo luciferino. Quizá por eso, por estas imágenes, en la prensa italiana ha sido calificado como «Rasputín de la extrema derecha». Al año siguiente, en 1973, seguía al frente de los jóvenes fascistas. Organizaron una manifestación y montaron una razia por las calles, entraron a sangre en varios edificios (un jueves conocido como el «giovedì nero») y, finalmente, hicieron estallar dos bombas, una de las cuales mató al policía Antonio Marino. La Russa no fue detenido, pero siempre se le ha acusado de ser el instigador intelectual de los hechos. Rasputín efervescente y desaforado.

Al cabo de 50 años, en su alabado discurso de toma de posesión como presidente del Senado, La Russa hablaba de «la dramática época de la violencia» como si él no hubiera formado parte de ella, como si no fuera uno de los responsables. En la línea blanqueadora e institucional de su parlamento, citó a víctimas de uno y otro lado: «Me inclino ante su memoria». Es el mismo planteamiento hipócrita que utilizó cuando robó esa famosa frase del presidente Pertini: «En la vida, a veces, es necesario saber luchar no solo sin miedo, sino también sin esperanza». Y la reformuló: «No luchas cuando piensas que puedes ganar, sino cuando vives ocasiones que valen la pena ser vividas».

Es, en cierto modo, una concentración del decálogo fascista. La inminencia del momento, la lenta persistencia pese a los embates del destino. Y la alabanza del pasado, ahora teñida de respeto democrático, como cuando La Russa ofreció un ramo de rosas blancas a Liliana Segre, la superviviente de Auschwitz que presidió el Senado momentáneamente y leyó un memorable discurso antifascista en el que evocaba el banco de la escuela que tuvo que dejar por culpa de las leyes raciales de Mussolini y el banco honorable del Senado que entonces ocupaba. La Russa dijo que firmaba todo lo que había dicho la heroica anciana y que merecía todos los aplausos. Es el mismo La Russa que hace cuatro años, en un reportaje de la televisión mostró a los espectadores su colección de «fascist memorabilia», como la calificó The Guardian, una muestra horrorosa de bibelots mussolinianos.

Aquella barba juvenil de Rasputín, sin embargo, se ha vuelto barbilla blanca y recortada, una perilla institucional. Y, a lo largo de los años, la violencia pura se ha convertido en sarcasmo indigno o broma de baja estofa. La Russa negó que Berlusconi eligiera a mujeres guapas: «También hay feas, pero sin llegar al nivel de las de la izquierda». O medio deslizó hacia las alturas el brazo en el Senado para ir en contra de la ley que prohibía el saludo romano, un símbolo que él recomendó como medida para luchar contra el covid. La Russa es un fanático del Inter (incluso accionista, ha dicho que fue más feliz cuando ganaron la Copa de Europa que el día que presidió el Senado) y un amante de los indígenas americanos y de su cultura. Por eso sus hijos se llaman Geronimo, Cochis y Apache. No es broma. Parece que bromea, pero esa barba (y la mirada luciferina) aún le delatan.

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