Opinión

El móvil y el transistor

Cada vez se ha extendido más la costumbre de utilizar el móvil con el altavoz en lugar de usar los auriculares

Imagen de archivo de un grupo de personas utilizando sus móviles. | | E.D.

Imagen de archivo de un grupo de personas utilizando sus móviles. | | E.D. / El Día

No hay jardín sin flores ni hortera sin transistor. Fue una frase muy usada hace décadas para designar a aquellos que no se despegan del aparato de radio. Hoy, los horteras se distinguen a la legua por su uso del móvil. El otro día, sentado en una terraza, llegó a mis oídos –mejor debería decir a mis audífonos– una música desagradable. Tardé en descubrir su procedencia. Al final descubrí que mi vecino de mesa estaba oyendo en bucle vídeos de Youtube. No pude dejar de acordarme del hortera del transistor.

No era precisamente un joven, como aquellos hispanos que paseaban por las calles de Nueva York portando al hombro lo que se acabó llamando la «hispanic suitcase» (maleta hispana), un descomunal radiocassette con el que la pandilla entera, y multitud de transeúntes, oían la música a todo volumen. Era un adulto de unos 50, que debía de tener alergia a los auriculares o que, simplemente, quería compartir sus canciones con el resto de la parroquia.

Cada vez se ha extendido más la costumbre de utilizar el móvil con el altavoz en lugar de usar los auriculares. No es infrecuente encontrarse personas, o incluso grupos, manteniendo a grito pelado y de forma impúdica conversaciones a través de videoconferencia, de modo que se enteran de sus cuitas todos los que se encuentran en un radio de diez metros a la redonda, tanto si les interesan como si no.

Más de una vez, en el metro o el autobús, se aprecia la perplejidad de los pasajeros en busca de la persona que lleva el altavoz puesto. Como todo el mundo va jugueteando con el móvil, no es fácil encontrar al infractor. Por fin, todas las miradas acusadoras se dirigen hacia el molesto pasajero –normalmente personas mayores– que va viendo una serie, ensimismado e indiferente, del revuelo a su alrededor. Por algo han puesto carteles con la leyenda «Silencie el altavoz de su móvil». Como si Juana y Manuela.

El smartphone permite, por ejemplo, ver partidos de fútbol en streaming mientras uno está viajando. La pasada semana coincidió el clásico mientras viajaba en tren. Uno había puesto el partido a grabar en la confianza de que no iba a recibir spoiler antes de que pudiera verlo tranquilamente. Fue inútil. No menos de cinco personas iban viendo el partido en directo en mi coche y cantando los goles con la misma euforia que si estuvieran en el estadio.

El móvil ha facilitado mucho nuestra vida. No se puede negar. Pero también ha dado lugar a nuevos problemas provocados fundamentalmente por la necesidad de manejarnos con una sola mano, dado que la otra extremidad superior es de uso exclusivo para el teléfono inteligente. Así puede observarse la destreza de las madres al manejar a su bebé en brazos –habría que decir en brazo– mientras escribe un mensaje de whatsapp, o los molestos choques que se producen en la calle, donde casi nadie camina mirando al frente.

La web de la muy circunspecta BBC consultó a expertos en protocolo para la publicación de un muy útil e interesante artículo titulado «Cinco situaciones en las que es de mala educación usar el celular». Ya saben, la moda de las noticias en formato lista. Las enumero. Usar el móvil durante la comida, fea costumbre que según un estudio del regulador de comunicación del Reino Unido tiene el 81 por ciento de la población. Escuchar música a un volumen alto en el transporte público; todos hemos reconocido la canción que está escuchando el del lado a un volumen que traspasa los auriculares. Prestar atención al móvil cuando a la vez estás hablando presencialmente con alguien: hay quien es capaz de mantener las dos conversaciones a la vez. Escribir mensajes mientras caminas, lo que da lugar a tantos accidentes, muchas veces graves. Usar el celular cuando estás viendo la televisión con más gente, hábito en el que han caído cuatro de cada cinco personas y que, por otra parte, se puede dar por irreparable. Porque la televisión –último reducto de la familia unida– ya ha dejado de ser ese fuego encendido alrededor del que se reunían todos los miembros del clan.

Tendremos que volver a decir aquello de que no hay jardín sin flores, ni hortera sin smartphone.

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