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Análisis

«Ese bello seseo que caracteriza a los canarios...»

Entrada principal del chalet. Idealista.

Si dispone usted, estimado lector, de casi quinientos mil euros y no le importa que la planta baja pueda estar ocupada por un restaurante, échele un vistazo a la casa («o chalet independiente») que se puso a la venta en la universitaria ciudad de La Laguna, muy cerca de la nivariense iglesia de la Concepción (y de su campanario, téngalo en cuenta por si la sonora acústica campanil o campanera y su sistema nervioso son incompatibles).

La casona no está mal, la vi días atrás (las hay más baratas, pero no son casonas, casas señoriales). Su serena fachada impone. La caída desde la planta alta hasta la calle muestra textura uniforme, compacta, ajena a esas cosas hoy construidas casi con papel de fumar (lo que a cada cual le apetezca, dicho sea de paso, mientras no jumeen por mis ventanas).

Parece holgada, espaciosa, ideal para mansión abuelil, nietos como puros arretrancos –en el buen sentido–: tiene cuatrocientos metros cuadrados útiles, patio interior, seis habitaciones, dos baños con tina... pero urge una manita de pintura, eso sí, nimio detalle dado el rancio abolengo, seductora alcurnia de la calle (entre Herradores y La Carrera), primera fase social para llegar a la corte.

Hasta aquí la oferta. Está a tres pasos de la dulcería La Princesa, nostalgicalizado cielo que endulzaba a todo meter nuestras tragedias estudiantiles allá en el milenio anterior y, a la vez, servía para empezar los primeros coqueteos con la invitada (¡¿a quién le amarga un dulce, cremosa y blanquecina esencia gustativa?!). Pero tales galanteos, las más de las veces, terminaban en angustias existenciales, tragedia romántica, frustración varonil cuando todo el entramado de fantasmal gallo inglés se venía abajo... y ella daba las gracias y un «¡hasta la próxima!». (¡Tolete, sanaca, singuanguo, guanajo!)

Menos mal que más arriba, fieles a la amistad, sensibles a la armonía y embriagadores desde los primeros sorbos se encontraban Artillería y La Oficina (esta, de don Ramón y doña Carmen), consoladores espacios vinícolas. (“Contra la sed ardorosa / es muy buena medicina / la inyección intra-vinosa. / Para informes, La Oficina»: ¿quién, en decrépito y abatido estado psicológico, podía oponerse a tal incitación cargada por el Diablo? No obstante, la debilidad humana se rendía ante la pura esencia jamonil, ¡alabado sea Dios!). Pero no compre todavía, estimado lector, ¡déjese dil pal pien! Resulta ser que el nombre de la calle donde se ubica tal casa o chalé (acaso casona) podría hacerle la picha un lío cuando trate de arreglar los papeles ante registrador y notario, si al fin se decide.

Según las nominaciones que figuran en una esquina de la misma se llama calle El Tizon (no El Tizón) o, acaso, Tison (no Tisón), eliminado el artículo y sustituida la z por s en el segundo nombre. Y para complicar la supuesta compra, si uno echa un vistazo al callejero oficial su nombre es calle del Tizón, esta vez con acento gráfico en la “o”. Por tanto, ¿tres variantes para elegir a gusto de los moradores o, quizás, una interesante cuestión lingüística, ya se trate del seseo o, sencillamente, de un despiste ortográfico? Vayamos por partes.

Una de las variantes más caracterizadoras del español hablado en América y Canarias (o quizás sea más preciso hablar del dialecto andaluz adaptado en nuestras islas, precisa el riguroso doctor Morera Pérez) es el seseo, es decir, la pronunciación [pronunsiasión] como / s / del fonema representado por las letras c, z seguidas de las vocales e, i, indistintamente. Así, la palabra cine sonaría como [síne], algo absolutamente normal para quinientos veinte millones de hispanohablantes (según el Instituto Cervantes) frente a los cuarenta y siete millones de peninsulares e insulares baleáricos (generalizo) que mantienen la pronunciación a la manera castellana.

Algo así recoge el profesor Zamora Vicente en su libro Dialectología Española, imprescindible punto de partida para posteriores estudios. Y el catedrático de Lengua Española (Universidad de Salamanca), doctor Lázaro Carreter, no solo avaló el trabajo anterior sino que, en conversación informal con un canario (Luis Maccanti Rodríguez, ex profesor del Pérez Galdós), lo invitó a que no se preocupara por la pronunciación de las ces y las zetas: “Señor alumno, conserve usted ese bello seseo que caracteriza a los canarios”, razón del título de este artículo.

Y así es: cuantitativamente, los hispanohablantes seseantes superan con creces a los peninsulares e isleños baleáricos. Sin embargo, canarios hay recién llegados a tierras peninsulares que, como algunos paisanos residentes en nuestras ínsulas, ya desestructuran su esencia lingüística mamada desde la más tiernita de las edades (incluía gofito y beletén) cuando bajan del avión: ¿residuos coloniales grabados en el subconsciente, toletadas o quizás incultura? Y abandonan el seseo como quien se deshace de una araña marina metida subrepticiamente entre sardinas, chicharros o caballas.

Teniendo en cuenta, pues, el dominio seseante en Canarias, ¿sería extraño suponer que lo era quien encargó el rótulo (foto, letras negras)? ¿Acaso no tuvo la precaución de consultar el Diccionario para cerciorarse de la correcta (?) ortografía? Porque tal palabra, Tisón [Tíson], no aparece registrada. ¿Tal vez fue esta la primera colocada en la pared -el tipo de letra permite sospecharlo- y alguien, para no ridiculizar a su responsable y ser consecuente con la norma, colocó después el rótulo El Tizon [Tízon], también sin tilde siguiendo la incorrecta tradición de no acentuar las mayúsculas?

El significado de la voz puede dar una pista. De las cuatro acepciones registradas en el DRAE me parece que debe de referirse a la primera, Palo a medio quemar (se trata de una época sin estufas. ¿Relacionada, entonces, con lugares donde se hacía la lumbre como cocinas, habitaciones…?). Por tal razón estimo no vinculante, en este caso, la referencia al «lagarto de unos diez u once centímetros de longitud, de coloración oscura y manchas de color azulado o verdoso», tal como define el Diccionario Básico de Canarismos la palabra «tizón».

¿Seseo? ¿Corrección ortográfica? ¡Tampoco es para tanto!: Tison [Tisón], para canarios; Tizon [Tizón] para los de fuera. ¡Más que error, precisión lingüística!

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