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Jorge Bethencourt

EL RECORTE

Jorge Bethencourt

La ceremonia de costumbre

Ángel Víctor Torres y Román Rodríguez explican los datos generales del proyecto de presupuestos para 2023. | | ANDRÉS CRUZ R. Acosta

Ya se oyen los claros clarines. Tenemos presupuestos públicos guanches para el año que viene. El aparato de propaganda se ha puesto en marcha con sus campañas y sus anuncios para engrasar el tobogán hacia las urnas.

Como cada año se anuncia un presupuesto «para las personas». Como si hubiera posibilidad de hacer unas cuentas públicas para los conejos o los entrañables escarabajos que aparecen debajo de cada piedra canaria, reserva mundial de endemismos que a pesar de estar amenazados de extinción florecen como las cucarachas.

Hay más ingresos fiscales por la inflación –o sea, de los puñeteros consumidores esquilmados– y a las arcas públicas les sale el dinero por las orejas. El mismo que les falta a seiscientos mil canarios que apenas pueden comer.

Hay más dinero que nunca en salarios y gastos públicos. Nada menos que 5.400 millones. Lo que comparado con los 3.700 que se gastaban hace cinco años significa que el negocio del Estado del Bienestar marcha maravillosamente bien para los intermediarios. Pero hace ya tiempo que se ha comprobado que la solución a los problemas de los ciudadanos no es echar más y más dinero. Porque cada vez hay mas recursos en Sanidad y en Educación, pero seguimos arrastrando los mismos males de siempre. El problema está en la gestión, en la productividad, en la capacidad de trabajo de una Administración con ochenta mil empleados que funciona muy mal y muy lenta. Pero ese hueso no hay perro que lo muerda.

Una familia corriente y moliente no solo se gasta cada mes lo que tiene sino hasta lo que no tiene. En el caso de nuestra administración pública es habitual no hacerlo. No hay capacidad para ejecutar los fondos de los que disponen. Y esto es así porque en el universo público, justicia poética, las leyes de la incompetencia afectan de manera semejante a los que administran que a los administrados. Igual que la administración funciona rematadamente mal para los ciudadanos, plagada de trámites farragosos y eternos, también funciona mal para ella misma.

Las previsiones para el año que viene no se las cree ni el que las hizo. Los ingresos previstos son un delirio. Vamos de cabeza a una crisis que no está retratada en los presupuestos del próximo año, que son, más que nunca, una bondadosa obra de ficción. Se han llevado a gastos estructurales y permanentes los ingresos excepcionales de la inflación. Pan para hoy y hambre para mañana. Más de lo mismo. Volverán las oscuras golondrinas a anunciar inversiones sin cuento y ayudas para todo el mundo. Y rentas ciudadanas y viviendas públicas. Y en mayo, al abrevadero. Y luego… ajo y agua.

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