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José María Lizundia

Colegios mayores y prescripción de sentimientos debidos

Al día siguiente de estallar el gran escándalo de primera plana, televisiones y políticos, incluida la derecha, se llevaban las manos a la cabeza, perplejos, indignados, iracundos. Las chicas agredidas, por violencia –a distancia hertziana– contra la mujer y delito de odio –sin ofendido–, cometieron la osadía de restar toda importancia al acto escenográfico y coral insultante, representado desde el colegio mayor de ellos. La amistad, la nobleza y personalidad de ellas florecían primaverales pese al acoso multiorgánico talibán. El colegio de chicas dedicaba similares insultos a otro vecino suyo femenino (amén de a ellos, no son monjas sumisas como se quiere), como antes lo hacía el CMU Santa Teresa contra las del CMU Caro –me cuenta mi hijo que fue vecino y amigo de ellas dos años en el CMU Nebrija–. Se salían de la gran ola de unanimidad que se combaba para extirpar impurezas, desenfados, desvíos, de cualquier ámbito humano (a disciplinar y dirigir). La ministra analfabeta de verbo histérico y montaraz proponía acrecentar la educación sexual (para paliar el «terror» colegial), ella y su camarilla la impondrían para purificación de conductas indebidas, con la pira inquisitorial posmoderna, y encofrado de las debidas. Las televisiones a cual más rigorista, moralizante, iraní, pedagógica fiscal hablaban de que ellas eran víctimas (inútiles, disminuidas, sometidas) del síndrome de Estocolmo , y la Primera, era la más depuradora de lacras, disipación y gamberradas adolescentes y sacaba psicólogos que certificaba su alienación y falsa conciencia (de Marx a Stalin) que el machismo soterraba; inconcebible para estos pastueños, devenidos vanguardia para rasgarse las vestiduras: ser desprejuiciadas, divertidas, muy amigas, bromistas y cachondas mentales (he conocido muchas: no las van a eliminar). ¡Cómo cuánta semejanza con los procesos de Moscú/Stalin de los años 30, y sus psicólogos ideológicos! La ideología de depurada inclinación totalitaria que es incapaz de reconocer la autonomía individual y los valores propios de cada cual, expandida por la desgañitada, coactiva y persecutoria matraca política. La conclusión natural a esta concatenación de actos de persecución, convocados los psicólogos, es el psiquiátrico: extirpar el machismo entonado con electrochoks, o ley y cárcel, justo en vigor. Hemos llegado a tal punto que la, deseada ofendida, mujer no cuenta nada, lo hacen por ella sus tutoras (nuevos maridos y padres). Lo preocupante no es el gamberrismo adolescente sino la afección de dramatismo e indignación conventual de una sociedad entera agraviada, justiciera, unánime, que ha interiorizado la virtud salvífica, dirigida por una pléyade de gente de recia moral, escondida en ideología de baratillo. Entre la obscenidad desmadrada adolescente y las tradiciones superables por normativismo claramente fascistizante de nuestros luminoso/as próceres, lo primero siempre.

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