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Limón & vinagre

La tentación que dejamos escapar

Los suscriptores de Netflix pueden ver desde hace unos días Blonde, la película basada en la novela homónima de 2000 escrita por Joyce Carol Oates, que tiene a la cubano-española Ana de Armas como protagonista absoluta. Gustará o no, pero el filme se ha apoderado de todos los debates cinéfilos de los últimos días. Se sublima o se detesta. Si en algo coinciden la mayoría de los críticos es en la colosal interpretación de esta actriz de 34 años nacida en La Habana y que con 18 se instaló en España -donde adquirió la nacionalidad- tras adentrarse en el cine con Manuel Gutiérrez Aragón (Una rosa de Francia, 2005) y aparecer en El Internado, aquel thriller adolescente de Antena 3 en que la ahora mudada en Norma Jeane / Marilyn tomó parte en 52 episodios y seis temporadas. Se largó a Hollywood a probar suerte porque en España solo le ofrecían papeles de colegiala. Y aquella decisión causó aquí tanta guasa como cuando Paz Vega o Penélope Cruz hicieron las maletas para viajar a Los Ángeles o Úrsula Corberó irrumpió en el late night de Jimmy Fallon para hablar de Tokyo, su personaje en La casa de papel.

Desde el día del estreno de Blonde, la máquina trituradora de Saturno devorando a su hijo no ha dejado de vomitar. Es justo afirmar que la mayoría de comentarios del público son loables hacia la actuación de De Armas, incluso entre aquellos que no han visto la película o la han dejado a medias, que es muy nuestro lo de juzgar sin conocer, pero entre el grupo de haters que le han salido a la actriz no hay nada que no hayamos leído antes de Penélope Cruz, Javier Bardem, Pedro Almodóvar o Antonio Banderas, algo sorprendente en una sociedad que no se cansa de presumir de los éxitos de Pau Gasol o de Rafa Nadal.

Para una parte representativa del hooliganismo ibérico, Ana de Armas es la nueva desterrada de la piel de toro. Hollywood y los aficionados al cine de medio mundo sabrán por qué la valoran, se viene a decir, y del mismo modo que Pe nunca ha dejado de ser para muchos aquella presentadora pija de La quinta marcha junto a Jesús Vázquez, Bardem presume de Oscar por ser sobrino e hijo de quien es, Almodóvar es un manchego pretencioso con ínfulas de Bergman o Banderas no pasó de la alabanza sobrevalorada de El Zorro, Ana de Armas «actúa bien cinco minutos porque el guion no da para más»; «No es muy complicado lo de hacer la mejor actuación de su vida, cuando en el resto de sus trabajos ha ofrecido unas actuaciones pésimas»; «¿Pero es que no se dan cuenta [de] que Ana de Armas habla inglés con acento?» [Hasta 2014 ni siquiera hablaba inglés.] «Uy, sí, tiene tanto mérito llorar y gritar...». Las redes sociales dictando sentencia. Entre las muchas interpretaciones del famoso cuadro de Goya se olvidó esta costumbre tan nuestra de deglutir a quien alcanza la gloria a base de esfuerzo. «Por talento no será, será por otra cosa» representa el pensamiento instalado en muchas cabezas, ya sea por nuestra consabida tendencia a la autodestrucción, el complejo de inferioridad o la querencia a la carnavalada como preámbulo del argumento definitivo: no es española, es cubana.

Sus abuelos maternos eran de Palencia y de El Bierzo, a 7.335 kilómetros de La Habana y 9.189 de Hollywood, kilómetro arriba o abajo, según Google. Padre director de banco y maestro y madre funcionaria del ministerio cubano de Educación, De Armas pasó en siete años de interpretar a Carolina Leal en El Internado (2007 a 2010) a ser Joi en Blade Runner 2049 (2017) o chica Bond con Daniel Craig (2021). Entre Madrid y Los Ángeles, Hollywood trató de encasillarla en papeles de latina explosiva. En dos ocasiones aparece en su filmografía la palabra ‘erótico’ desde su marcha de España a la secuela del filme de ciencia ficción que dirigió Ridley Scott en 1982 con Harrison Ford como protagonista. Jalonando su currículum, sendos thrillers de alto voltaje con Keanu Reeves y Ben Affleck. «No creo que haya dicho que en España no me tomaban en serio, sino que estuve durante muchos años en una serie en la que llevaba un uniforme de colegio. (…) A mí me gustaría volver a trabajar en España», ha dicho a su paso por el Festival de San Sebastián. Días antes, en Venecia, su interpretación de la protagonista de La tentación vive arriba le valió 15 minutos continuados de aplausos.

Blonde la ha sacado, de momento, de ese tipo de papeles que Ricardo Darín tanto detesta (y rechaza), en los que la mujer latina solo puede ser criada o prostituta y el hombre latino, narcotraficante, nada que resulte extraño en España cuando toca elegir un papel de andaluza. Abrazada por Hollywood como su nueva megaestrella, ahora es Ana de Armas quien celebra el choteo con que muchos vaticinaron su futuro de actriz cuando vestía de uniforme estudiantil. Lo dijo Marilyn Monroe mientras añoraba a Norma Jeane Mortenson: «En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma». En España, a veces también.

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