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editorial

Trasplantes: ciencia y salud pública en sintonía

La salud dentro de un sistema público y universal se debe a una asistencia eficaz y segura de los pacientes, que no entenderían el actual modelo de bienestar social sin una asistencia racional e igualitaria de sus demandas. Gran parte del esfuerzo de gestión e inversión está enfocado en esta prioridad. Pero tampoco podemos olvidarnos de otra finalidad no menos relevante y que no puede obviarse a la hora de cuantificar y cualificar los beneficios para los usuarios: el capítulo científico, la actualización constante de los tratamientos y la modernización sin pausa de los equipamientos tecnológicos y especialistas. Es la faceta menos conocida, pero es la que está detrás de las pautas médicas, la práctica clínica, las conclusiones de los laboratorios, y sobre todo en la carrera vertiginosa de los trasplantes, donde Canarias es líder.

Hace 41 años que el Hospital Universitario de Canarias (HUC) activaba el protocolo para un trasplante de riñón, el primero en la historia de la sanidad isleña. Una intervención que aceleró progresivamente el programa hasta alcanzar, en la actualidad, a siete hospitales.

Una prueba del nivel alcanzado está en el anuncio de que el Negrín prepara para 2023 el primer trasplante de pulmón, un objetivo que, si la ciencia lo permite, será un aldabonazo en una trayectoria de éxitos en implantaciones de riñón, páncreas, hígado y corazón. Intervenciones, por otra parte, que no deben opacar los injertos de otros tejidos no menores, como las córneas o segmentos de arterias.

La extensión en la red hospitalaria del Archipiélago de la política de trasplantes expresa con claridad la preparación de los especialistas, formados para tal fin en los mejores centros de referencia de Barcelona y Madrid. Pero también, como ocurre en la puesta en marcha del programa de trasplante de pulmón, de una inversión millonaria en tecnología, vía Gobierno regional y fondos Next Generation.

España posee en el contexto de la UE una de las legislaciones más avanzadas para la protección de los donantes y receptores de órganos. Una garantía legal que ha estimulado una de las mayores tasas de donaciones a partir del altruismo, equidad, gratuidad e igualdad, criterios sin los que no sería posible desarrollar la investigación científica, la obtención del órgano (en vivo o de cadáver), la intervención y el seguimiento en el tiempo de los dos actores de la cirugía para la corrección de errores y el uso de tratamientos preventivos.

En el extremo más alto de la compleja estructura médico-sanitaria se encuentra la solidaridad de las personas, dado que sin las donaciones de órganos el modelo se derrumbaría. Sin ellas no podríamos hablar de las metas alcanzadas, ni del nivel de supervivencia obtenido por los trasplantados ni del grado de satisfacción de su bienestar.

Tampoco se puede dejar atrás otra solidaridad no menos valiosa. A través de sus impuestos, cada uno de los ciudadanos sufraga los adelantos en la cirugía y la medicina. Los representantes públicos suelen poner el foco en las listas de espera, por supuesto que una cuestión trascendental para los usuarios, o en la mayor o menor rapidez de las citas en los centros de salud o la atención colapsada en un servicio de urgencias hospitalario.

El poder mediático de estas objeciones y el relevante atractivo que las mismas provocan en el cara a cara parlamentario conlleva, por desgracia, que asuntos como el número de trasplantes o su tipología ocupen un nivel secundario, por no decir terciario. Políticos y sociedad deben ser conscientes de que la ciencia resulta imprescindible para salvar vidas, una finalidad que nunca se hizo tan patente como en la pandemia por el coronavirus, donde los científicos alcanzaron un estatuto heroico, sin menoscabo de la entrega extenuante de médicos y enfermeros.

La noticia del desembarco del trasplante de pulmón en el hospital Negrín demuestra, sin ambages, que la sanidad pública canaria no está dormida en los laureles. Su recorrido en el capítulo de las implantaciones, quizás el más delicado, subraya la fortaleza del modelo. Se trata a todas luces de una evolución satisfactoria, una carrera meditada para elevar la esperanza de vida, también un estímulo para no bajar la guardia frente a los rechazos crónicos, el reto más importante al que se enfrenta el paciente trasplantado.

El futuro empieza a lanzar sus primeros destellos con los xenotrasplantes, las implantaciones de órganos entre especies distintas, una línea de investigación que trata de cerrar el círculo con el cerdo. El caso más reciente y llamativo ha sido la transferencia desde un porcino de un corazón modificado genéticamente a un hombre de 57 años, que dos meses después de la operación en el Centro Médico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland (EEUU) moría por rechazo del órgano.

El recurso de los animales abre un importante debate ético que está todavía por llegar, desde la protección animalista por la utilización de especies con su genética alterada, hasta una comercialización de órganos animales que pone patas arriba los principios solidarios por los que se rige la donación y el trasplante en la actualidad. Aún en fase de experimentación y con graves problemas derivados de la inmunidad todavía por resolver, los xenotrasplantes podrían ser una solución para las personas que esperan un trasplante. La demanda está por encima de los donantes.

Este horizonte de cambio, nada ajeno por otra parte a la investigación médica, siempre sometida a disrupciones, hace patente la necesidad de que no decaiga en los presupuestos públicos el apartado dedicado a la ciencia. La inversión en la misma posibilitará una mejor atención médica y elevará el bienestar de los pacientes. Con la extensión de los trasplantes en el Archipiélago se ha logrado un hito sanitario nada despreciable: que muchos enfermos y familiares no se vean afectados por traslados forzosos a centros hospitalarios de la Península, un trastorno que se une al dolor por la enfermedad.

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