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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

¡Pobres animales! (ellos y nosotros)

Le preguntan a Leonardo Padura, el escritor cubano, qué es la decencia. Él contesta que se trata de una actitud que cada vez existe menos en el mundo porque poseerla significa tener ética y cumplirla, incluso en los momentos difíciles.

Lo he recordado con la (¡otro año más de este siglo XXI!) polémica de los festejos taurinos (¡16.000 se celebran en este ceporro de país nuestro!) y las declaraciones de representantes de peñas amenazando a los equipos de gobierno correspondientes, con que «pagarán en las urnas» cualquier prohibición de esta variopinta actividad delictiva, consistente en dar muerte a un animal a fuerza de torturarlo.

Puede que semejantes aberraciones con nombres tan premonitorios como bous al carrer, toro embolado, toro de cuerda y demás martirios a indefensos seres cuya etiología del dolor les importa poco a esa mayoría de participantes debidamente puestos en sustancias psicotrópicas, sea una actividad lúdica, nada anormal ni estúpida y que sea yo la equivocada. Puede que la tal señora Cuca, una portavoz del Congreso de los Diputados, tenga su razón y sean, como ella los ha catalogado, «tradiciones culturales», o que también tengan cierta lucidez que a mí se me escapa, las palabras de otra representante de ese pueblo que se jacta de su recorrido campo través, donde acorralan a un toro mientras es alanceado por unas bestias a caballo: «el toro nunca ha dicho que se sienta maltratado… a mí no me gusta el fútbol y no por ello pido que lo prohíban»…

La imagen más escalofriante del tema se mostró, este verano, en televisión: un adolescente tirando con rabia del rabo de un toro, que mugía desesperado, al que habían ¡atado por la cabeza a un poste mientras le prendían fuego a unas bolas de estopa sobre sus cuernos! Pero no, por mucho que me esfuerce por entenderlo, lo único que se me ocurre es agradecer a la vida que ese desgraciado no sea nieto mío. Por lo que hacía y por la conexión que presentí entre su aspecto y lo que, realmente, debe de ser.

La pasada semana EL DÍA/La Opinión de Tenerife informaba de que unos procesados por delito de maltrato animal continuado para peleas de perros se libraban de entrar en prisión y de la rebaja en la calificación de «organización criminal» a «grupo criminal». Esto último podría ser hasta chistoso si el asunto no fuese tan serio, en su similitud con el ayuntamiento de Tordesillas, pidiendo que, ya que no les permitían clavarle lanzas al toro, ¿qué tal unos ganchos con banderitas…?

Aunque sea difícil comprender el miedo de nuestros «los otros» (animales incluidos), trato de ver, con los ojos cerrados, el sinsentido de un toro con fuego en los cuernos o de las heridas y laceraciones de los perros utilizados en semejantes espectáculos de barbarie, adiestrados desde que nacen, con castigos y hambre, dopados para incitar su agresividad, utilizados como sparring cuando, por la gravedad de su estado no les sirven para más. Y cuando los abro sólo veo las palabras de Padura, ante tal cantidad de personas ahogándose en sus propias maldades.

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