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Francisco Pomares

Sonámbulos

Aunque era previsible, la victoria este domingo de la líder de Fratelli d’Italia, Giorgia Meloni, supone la constatación de un peligroso devenir que arrastra a las democracias europeas hacia el extremismo. Un extremismo en la política que se compadece poco con la realidad vital de sociedades abstraídas y muy desmovilizadas. Italia registró ayer la participación más baja de los últimos años, con casi un diez por ciento de votantes menos que en las últimas legislativas: Meloni logró apenas el 26 por ciento de los votos emitidos, pero multiplicó por seis sus resultados de hace cuatro años, cuando no logró alcanzar siquiera el cinco por ciento. Su ascenso se produce vampirizando a la Lega y a Forza Italia, la coalición del anciano pero incombustible Berlusconi. La derecha italiana se radicaliza, mientras la izquierda moderada de Enrico Letta se sitúa por debajo del 20 por ciento del voto, incapaz de evitar que en el Sur –en todo el Sur y las islas, las regiones más pobres del país– el voto no conservador se decante por el populismo cul de sac de Cinque Stelle, que supera el 15 por ciento de los votos en el conjunto del país.

En un sistema electoral tan poco proporcional como el italiano, donde se favorece descaradamente a la mayoría, y con menos del 44 por ciento de los votos, la derecha contará con seis de cada diez escaños tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado y podrá gobernar sin más dificultades que las que puedan provocar los recurrentes conflictos ente dirigentes y partidos de ideologías cercanas que definen la política italiana.

Italia, el país que sostuvo desde sus inicios el sueño de la unidad europea de Altiero Spinelli, y con Alcide de Gasperi logró el acuerdo entre Francia y Alemania que iniciaría el proceso, va a ser gobernada por una mujer que se reclama heredera del fascismo mussoliniano, y que –a pesar de su medida contención durante esta campaña– rechaza sin complejos el proyecto europeo. Tras el varapalo que supuso el brexit, Europa se enfrenta por segunda vez a una situación imprevisible, y esta vez en tiempos de guerra, con la invasión de Ucrania en un momento de inflexión y Rusia dispuesta a recurrir al holocausto táctico. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, nunca en Europa se había vivido en un momento tan pavoroso e incierto.

A pesar de ello, los acontecimientos italianos, fruto sin duda del cansancio y la frustración de una sociedad rica y desarrollada pero moralmente agotada, parecen no preocupar en nuestro país. La izquierda cesarista española usa el resultado para meter miedo a sus electores desencantados, y la derecha hace exactamente lo mismo. PSOE y PP están a lo suyo. Sospecho que ambos partidos prefieren a los votantes del contrario radicalizados, apostando por populismos. O al menos a eso han jugado durante años: el PP aupó a Pablo Iglesias desde el poder, usando sus medios de cámara, y el PSOE alimentó a Vox hasta las últimas elecciones andaluzas. Ambos lo hicieron para dividir el voto del adversario.

Los partidos del sistema ya no juegan con las reglas del sistema. Europa ha visto saltar por los aires todos los códigos que permitían el consenso político y el acuerdo en torno al contrato social… la deriva de gobiernos obsesionados por permanecer al mando conduce al desprecio del juego limpio, cada vez más obvio y descarnado. El modelo de Polonia y Hungría no están tan lejos de las intenciones de quienes juegan –también desde la izquierda– a controlar la judicatura, los medios de comunicación, las asociaciones civiles…

Mientras, los ciudadanos vivimos en el ensimismamiento insano, la apatía y la incordura, abstraídos de todo lo que no sean nuestros intereses más directos, instalados en ese sopor sonámbulo que el historiador Christopher Clark descifró para describirnos los acontecimientos que nos llevaron a la Gran Guerra del 14. Su libro Sonámbulos es la crónica de aquel tiempo, un siglo atrás, en el que Europa se metió inconsciente y de cabeza en una contienda que cambió el mundo de forma irreversible y cruel. En esta ocasión, no parece que vayan a ser los disparos magnicidas de un nuevo Gavrilo Princip los que desaten la tragedia. Quizá sean Putin y su botón nuclear los que nos despierten de este adormecimiento suicida.

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