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José María Lizundia

El indulto y ahora la degradación transversal

Hace solo unos años podía decirle a una amiga colombiana, que lo cuestionó, que en España todo el mundo iba a la cárcel, que nadie se libraba de ella, y desde luego ningún poderoso, hasta la familia del rey, políticos, empresarios, magistrados nadie se salvaba de la cárcel. Me salía incluso cierto orgullo patrio a lo que no he sido en mi vida especialmente proclive y si algo lo he sido, fue bastante tarde. Entonces no preví que el futuro me desautorizaría.

La izquierda (de progreso) de Sánchez ha utilizado un argumento inane para exonerar a Griñán del mayor caso de corrupción habido en España, y es que no se llevó ni un euro. Es un argumento idiota, ya que no está condenado por eso. Llevarse un euro es una parte mínima del código penal, hay una constelación de figuras a su alrededor que tapan esa tabla de salvación y afianzan el Derecho, ni siquiera la Ley. Parece un hinchazón del pensamiento mágico (que ha suplantado a la razón), como la trasfiguración o transmigración del alma de hombre a mujer que se siente súbitamente, para no ser castigado, por la creciente quiebra de los mayores logros de la civilización: la igualdad ante la ley, con el regreso a un derecho feudal y estamental sumado a los «delitos de autor». Todo ello inoculado por políticas de progreso (regreso objetivo) a la caverna. Esta red se va cosiendo de estulticia e injusticia con el hilo de las discriminaciones positivas: la nueva biblia de víctimas y victimistas.

Que salgan los artífices y avalistas de la corrupción sistémica (su debut estelar) en favor del reo era lo que cabía esperar, no hay forma de reconocerles escrúpulos ni moral, pero lo que sí es realmente escalofriante es que se hayan sumado ciudadanos que se tenía por dignos y defensores incondicionales de la igualdad ante la ley. Entre otros favorables al indulto aparecen muchos políticos de varios partidos, artistas, deportistas y personas respetables, como Fernando Savater. La virtud de la piedad de estos solidarios de ocasión, pertenecientes a distintas élites, permite arrasar de facto con los principios de responsabilidad personal, probidad, transparencia, moral pública, gestión limpia y eficiente, igualdad ante la ley, con el resultado último de la degradación del Estado, simbólicamente despiadada. ¡Vaya paradoja! Para el derrumbe de la gestión meramente administrativa del Estado, sus citas previas, teléfonos mudos, personal no renovado, desmotivación, incuria, solos se bastaban los social-populistas, no necesitaban aliados transversales. Se ha conseguido la simbolización del mandala (círculo sagrado) de la degradación. La justicia de casta y élites concertadas: cortesanos, notables, patricios, oligarquías, camarillas, nomenclatura, nobleza y alto clero.

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