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Francisco Pomares

Agüita…

Advertidos de la inminencia de la catástrofe, la suspensión de todo tipo de actividades, la proximidad del fin del mundo y un poco más, el fin de semana se presentaba gris, extraño, agitado por fuertes vientos y coléricamente lluvioso. La alerta máxima decretada por el Gobierno de Canarias por la llegada del que podía ser el ciclón tropical más peligroso de la historia reciente, nos hizo recordar a todos el diluvio por gota fría que provocó la catastrófica riada de finales de marzo en 2002, y los vientos huracanados del Delta, en noviembre de 2005, que dejaron Tenerife a oscuras durante días y hecha unos zorros.

Parece que afortunadamente no ha sido la cosa tan grave. Por un lado, 18 millones de euros gastados en obras que no se ven, para evitar pasados desastres, y por otro un afortunado desvío del cálculo meteorológico, fruto quizá del exceso de cautela: este Hermine de ahora ha dejado bastante agua pero por suerte no ha traído los vientos huracanados del Delta. Si los medios no le hubieran prestado la atención que le han prestado, y hoy no se midiera todo lo que sucede con la precisión milimétrica con la que se hace, este ciclón anunciado como una de las siete plagas, habría sido recordado en las islas probablemente como otra intensa lluvia más de otoño, de esas que antes no nos sorprendían, ni asustaban, ni paralizaban la vida de las gentes.

Las sociedades modernas viven obsesionadas con la seguridad, pertrechadas tras el pavor ante cualquier riesgo, y reaccionan con miedo ante la contingencia: dejamos de mandar a los chicos al cole, se desatiende a la gente que lo precisa, se interrumpen los servicios y todo porque van a caer cuatro gotas. Lo sorprendente es que no sólo no nos encolerizamos por ello, sino que agradecemos a las administraciones el exceso de precaución. Es una suerte que el Hermine decidiera llegar en fin de semana, nos hemos ahorrado dos días más con los chicos sin cole. Y es una suerte también que la mayor parte de los incidentes producidos hayan tenido que ver con la pérdida de corriente, un clásico de los días de tormenta. Antes de que enchufarse a un atracón de series fuera el epítome feliz de un día de lluvia, en las casas se asumía la pérdida de corriente jugando al envite o contando historias a la luz de las velas. Ahora quedarse sin luz, siquiera unos minutos, se considera poco menos que una desgracia.

Las advertencias del Gobierno y los ayuntamientos lograron mantener el sábado y el domingo las calles y plazas desiertas, los comercios y restaurantes cerrados o vacíos. Sólo los supermercados hicieron su agosto durante el primer día de lluvias, con colas de gente acaparando víveres por si acaso una ola de 50 metros viniera a sumarse a la sucesión de catastróficas desdichas que jalonan la legislatura del pobrecito gafe que ejerce de presidente. Pero no hubo olas, ni vientos huracanados, ni inundaciones masivas, ni grandes destrozos. En Tenerife hubo 30 desprendimientos en carretas, pero solo fue noticia que una gran piedra cayó sobre un coche, afortunadamente sin provocar daño a sus ocupantes. Fue también noticia que en Güímar y Candelaria rebosaron los desagües e imbornales y se acumuló el agua en las calles. Y que los bomberos intervinieron en 16 operaciones por desprendimientos en fachadas o achiques, ninguna grave. El Cabildo puntualizó luego que suelen producirse 15 o 20 intervenciones de los bomberos todos los días, o sea, que en la media. Y así, se construyó poco a poco la agenda noticiosa de estos dos días, con declaraciones estadísticas de las autoridades contando incidencias que no se cuentan nunca, y en una relativa normalidad muy pasada por agua, en la que si hubo algo que destacar fue la interrupción de un montón de vuelos. ¿Quizá no está preparado Los Rodeos para los días de gran lluvia?

Eso, y la gotera de todos los inviernos, en la esquina de la cocina, que volvió a requerir de un cazo en la perpendicular. Y millones de hectólitros de agua precipitada bajando a las entrañas de la tierra y llenando los acuíferos sin destruir propiedades ni explotaciones agrícolas. El agua que nos hace tantísima falta. Que cae cuando y como ella quiere, y a veces se nos olvida.

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