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Agricultores y fábricas de tornillos: de Malthus a Norman Borlaug

En los últimos cincuenta años hemos confundido la agricultura con las actividades industriales y hemos aplicado procesos industriales al campo con alegatos cortoplacistas y métodos y modos urbanos como la mecanización, fertilización, conservación de los alimentos y mejoras en las comunicaciones, lo que ha permitido avances significativos en los alimentos. Eso nos ha permitido multiplicar la producción de alimentos y valga como ejemplo que hemos pasado de sacar 3.000 litros año de leche de una vaca a obtener 12.000 litros.

La agricultura y la ganadería han mejorado gracias a los fertilizantes y a la mecanización y todo ello tiene que ver mayoritariamente con el petróleo, pero ¿se puede mantener esta situación con petróleo obtenido en pozos fracking, ignorando y desconociendo las leyes de la naturaleza? ¿Se pueden imponer semillas productivas de otras latitudes en suelos pobres, ignorando unos conocimientos empíricos de gran valor?

En el caso canario tenemos ejemplo de libro, con plantas de zonas tropicales y húmedas cultivadas en medios áridos. Así ocurre con las batatas de Lanzarote, que en los trópicos necesitan 600 litros/m2 año mientras aquí dan rendimientos de regadío con menos de 100 litros/m2 año. Lo mismo ocurre con el maíz enano de Lanzarote, adaptado al viento y a la sequía, y con los tomates y otras hortalizas cultivados en secanos de Lanzarote. También tenemos castaños, nogales y damasqueros cultivados en el sotavento de las islas como ocurre en Arafo y Guía de Isora; o los cultivos en nateros y gavías en Fuerteventura y Lanzarote, las higueras en jable en el sur de Tenerife o la malvasía de secano en Fuencaliente.

La invasión rusa de Ucrania pone al descubierto que tenemos un desequilibrio entre lo que producimos y lo que demandamos todos los días. Hay un déficit de cereales y problemas serios en la demanda mundial de fertilizantes. Ahora tenemos problemas nuevos de población y recursos y hemos de volver a leer a Thomas Malthus (1766-1834) y a Norman Borlaug (1914-2009), premio Nobel de la Paz y autor de la revolución verde con la que salvó 1.000 millones de vidas.

Los últimos acontecimientos nos obligan a realizar otra lectura de la demanda de una población que ronda los 8.000 millones de personas. Eso no solo es un problema del estómago o de la localización en pequeños puntos de la población urbana en el planeta. Hablamos de una cultura y un compromiso con los recursos naturales como el agua y el suelo y de hábitos de consumo y energía, de los sueños consumistas y del compromiso medioambiental.

Todo lo anterior pone de manifiesto que es algo básico ir hacia un modelo más sostenible, tanto en una lectura de lo local –lo pequeño– como en una lectura mundial para evitar la desforestación del planeta, como ocurre en el caso de Borneo y la Amazonia, la contaminación de los ríos y los mares o el fracking como alternativa energética.

Los planteamientos productivistas de la revolución verde de Borlaug están poniendo en cuestión muchos puntos débiles. Ahora hay malas hierbas que se hacen resistentes a los herbicidas y que incluso afectan a la salud, como el caso de la utilización del herbicida Roundup por el que fue indemnizado un ciudadano norteamericano con 25 millones de dólares debido al cáncer que sufrió por la utilización del producto.

Los últimos acontecimientos de la guerra provocada por Rusia contra Ucrania nos obligan a hacer una nueva lectura sobre los alimentos, la humanidad, la población y los recursos. Y también sobre las alteraciones ambientales, el cambio climático y la salud. Tenemos una población urbana que en su gran mayoría ignora y maltrata a la naturaleza y que se concentra en pocos puntos, demandado bienes del mundo rural que en muchos casos está despoblado y abandonado.

En Canarias hemos hecho cambios significativos en las últimas décadas. Antes se producía la alimentación con lo local y la población estaba localizada en el medio rural porque se relacionaba con los alumbramientos de agua. La alimentación estaba vinculada al territorio ya que solo importábamos cereales, aceite y el porte de semilla de papas. Se labraban más de 100.000 hectáreas de tierra, dándose casos tan extremos como La Gomera, en la que vivían unas 20.000 personas en poco más de 4.000 has cultivadas, siendo los cultivos de exportación de plátanos y tomates los que ocupaban los mejores suelos. Sin embargo, esas culturas agrarias con las que hemos vivido en Canarias se han ido marginando mientras supuestamente todos progresábamos hacia una vida mejor.

No queremos comentar los últimos acontecimientos, en los que han confundido progreso con abandono del campo, y en la que han confluido múltiples factores, desde la dificultad para mecanizar algunos suelos hasta las importaciones de alimentos, pasando por los excedentes del mercado mundial. No se puede hablar del futuro de un medio- ambiente separado del campo y de los campesinos.

Estamos en una nueva época en la que tenemos que preocuparnos de lo que demanda nuestro estómago y de lo que se puede cultivar. Hemos de rescatar la sabiduría de un pueblo como el canario, que ha manejado todas las grandes culturas agrarias del mundo, excepto la del arroz. La escuela, los medios de comunicación y la familia tienen que valorar la sabiduría y los conocimientos empíricos de nuestros campesinos, que supieron cultivar plantas del medio tropical en el medio árido y que fueron capaces de sacar adelante generaciones que ahora parecen olvidarse de su pasado.

Hemos de valorar lo de aquí, lo nuestro, lo canario. Y destacar lo que hemos hecho bien: la rotación de cultivos, papas, cereal y leguminosa manchón. Hay que dignificar el campo y la naturaleza, pero con garantías económicas y sociales para los que producen alimentos. Hay que gestionar la naturaleza y hacer una sostenibilidad de verdad, con un compromiso socioambiental firme.

La producción y la vida en el campo no son posibles sin campesinos. No se puede aumentar la producción de alimentos sin más campesinos –en su gran mayoría están desmotivados– porque las propuestas de Norman Borlaug hay que gestionarlas contando con los estudios de Malthus sobre la población.

En una fábrica se pueden producir más tornillos sin poner más operarios, pero en el campo eso no se puede hacer. Por muchos avances tecnológicos que haya, sin campesinos no hay agricultura ni medioambiente ni alimentos. Por eso hay que actuar ahora y aprovechar los conocimientos y el bagaje de nuestra gente para tener una Canarias más sostenible desde el punto de vista social y ambiental.

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