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Francisco Pomares

Valores transversales del ‘canarismo’

Román Rodríguez tiene dos objetivos para hacer frente a las próximas elecciones: uno es mantener el nombre de su ahora extinto partido, algo que presenta dificultades de distinto calado. El otro es lograr sumar al proyecto canarista alianzas locales o insulares (en las islas más pequeñas), y consolidar las que se pueda consolidar. Y es en esa doble dirección en la que quiere que los suyos se esfuercen en los pocos meses que quedan de aquí a las elecciones de mayo.

Lo de mantener la marca lo tiene complicado: hay una sentencia firme que considera extinto el partido, e incluso en el caso de que pudiera abrirse un proceso de revisión de esa sentencia, lograr una modificación o reinterpretación de la misma es algo que sin duda requeriría más tiempo del que queda para presentar las candidaturas. Por eso, mientras Carmelo Ramírez se dedica a pelear en los tribunales, haría bien en ir construyendo una alternativa presentable, con los mimbres con los que cuente. Dejar la decisión sobre el futuro de la representación política del canarismo a la Junta Electoral no parece una buena idea, aunque la nostalgia impida a algunos romanitas entender que es mejor apostar ya por el cambio que arriesgarse a quedarse colgados. Por eso creo que en no demasiado tiempo, lo que antes era Nueva Canarias mutará a otra cosa diferente y además lo hará para mantenerse en ella, porque esa es la lógica de la política: adaptarse a lo que se presenta y retroceder ni para coger impulso.

Así, mientras Carmelo adopta su pose de nómada mendicante en los Tribunales (la tiene ensayada de tanto viajar al desierto), Román se ha puesto ya a buscar a la basca que permita aumentar la parca cosecha de votos de su partido, siguiendo el mismo modelo que le ha llevado en los últimos veinte años a pactar a diestra y siniestra con tipos tan dispares como Santiago Pérez o Dimas Martín padre, ese señor que estrenó en la prisión de Tahíche el corredor de altos cargos. O con partidos que hoy se niegan el pan y la sal, como el PSOE de José Miguel Pérez o la Coalición Canaria de Fernando Clavijo: con ambos –PSOE y Coalición– Román y los suyos se han presentado a las elecciones legislativas. Con unos o con otros, según conviniera o tocara.

Román asegura que está empeñado en ensanchar la base social y electoral del canarismo incorporando a ella a los partidos que actúan en las islas sin la tutela de fuerzas estatalistas y que compartan con el canarismo valores comunes. ¿Cuáles? Es sencillo: estar dispuestos a ponerse de acuerdo para lograr los «máximos niveles de entendimiento y unidad» en un espacio «transversal, sin planteamientos cerrados ni ortodoxias» y que defienda la transformación de Canarias. Se trata de una extraordinaria definición de lo que es el canarismo en versión romaní: la voluntad de seguir subido al machito, administrar el presupuesto, y vivir de las canonjías públicas. Además, el canarismo implica estar preocupado. Lo ha dicho el líder que fue del difunto nacionalismo de izquierdas: ser canarista es estar preocupado por la identidad, por las expresiones culturales y deportivas, por el dialecto canario, así como por el patrimonio histórico, arqueológico y paisajístico de las islas. Está claro que cualquiera al que le guste el fútbol, el senderismo, visitar monumentos o disfrutar la dulzura del seseo puede ser canarista. No resulta imprescindible absolutamente nada más, aunque también sea conveniente estar a favor de crear empleo, de que mejore la economía y de que desaparezca el machismo.

No parece muy difícil encontrar gente con esos valores: igual puede ser canarista Ángel Llanos que Alberto Rodríguez, tanto Margarita Ramos como Enrique Arriaga o su colega Zambudio: cualquiera encaja en el perfil. El problema es que los acuerdos políticos –sobre todo los acuerdos políticos preelectorales– hay que cerrarlos con gente de la que te fíes, siquiera sea lo suficiente para no andar con la espalda pegada a la pared. Y el líder del canarismo ha engañado ya a tantos en tantos partidos y tantas medianías, que es poco probable que consiga ya mucha gente dispuesta a fiarse de él. Aunque alguno habrá de la familia de los ingenuos (en Fuerteventura) o de la de los desesperados (en Tenerife). Donde lo va a tener más difícil es –por ejemplo– en La Gomera. Y eso que lo de darle al karaoke es sin duda una expresión cultural muy canarista.   

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