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observatorio

Hay que hablar del suicidio juvenil

Por fin una buena noticia, en este verano de noticias catastróficas. Se prepara un plan nacional de prevención del suicidio entre los jóvenes. Ha hecho falta una evidencia terrible para que nuestros representantes pongan manos a la obra: las tentativas de suicidio se han triplicado en los últimos años entre los chicos y chicas de entre 10 y 24 años. De las 628 de 2006 se ha pasado a 2.092 en 2020. Ya era hora que se intentara poner remedio a este despropósito. Ya era hora que se hablara de ello. Hay mucho que decir. Mucho que escuchar y aprender. Hace mucho que vamos tarde.

Hay que hablar, por ejemplo, de por qué nos da tanto miedo abordar el suicidio. Por qué la mayoría de personas rehúyen el tema, miran a otra parte. Por qué no hay profesorado formado específicamente en su prevención. Por qué sigue siendo un tabú. Es un tema feo, desde luego. Es un drama social que los jóvenes mueran, más aún que se maten. Habla mal de nosotros, como sociedad. Hay pocas escapatorias a ese reproche. A menudo se le echa la culpa a la adolescencia misma, esa etapa convulsa de cambios biológicos y emocionales decisivos. Se habla menos del papel que los adultos desempeñamos en ella, y es lógico: la soledad y desvalimiento de los jóvenes evidencia de algún modo un fracaso que nos pertenece. ¿A quién le gusta reconocer su fracaso? ¿Reconocer que tal vez pudo hacer algo que no supimos o no pudimos o no entendimos que podíamos hacer?

Hay que hablar de los tópicos. Esas ideas que prevalecen en la sociedad a saber por qué razón. Que el suicida es un desequilibrado, un deprimido, un triste perpetuo. Que siempre avisa. Que todos comienzan por autolesionarse. Que son seres atormentados. Que provienen de familias donde las conductas violentas o los suicidios previos no son extraños. No es así: el suicida puede surgir de pronto, en cualquier momento. No es cierto que siempre pueda detectarse. No es cierto que sea un bicho raro, un ser con estigma. Podríamos ser cualquiera de nosotros, cualquiera de nuestros hijos. En este sentido, a orillas del río Támesis, en Londres, se ha inaugurado esta semana una exposición reveladora. Bajo el título La última foto recoge las 50 últimas instantáneas de otras tantas personas antes de quitarse la vida. En ella se las ve sonrientes, al lado de sus hijos, sus amigos, sus parejas. También hay vídeos –se pueden ver en línea: ríen, cantan, juegan, bromean. Nada hace presagiar lo que ocurrirá después de esa imagen, o lo que había en la cabeza o en el corazón de todos ellos. El suicidio no tiene el aspecto que imaginamos, desde luego. Que algunos imaginan.

Hay que hablar del sentimiento de soledad, la otra pandemia del siglo XXI, que tanto afecta a los jóvenes. Los chicos y chicas que intentan suicidarse no suelen tener un único motivo para esa terrible pulsión, pero la soledad es un común denominador a todos ellos. La pandemia ha incrementado este horror. Conviene hablar de soledad con los jóvenes, dedicar a ellos programas específicos, mostrarles el camino más allá de una vida social insatisfactoria, mostrarles el camino más allá de su desesperación.

También hay que hablar de las consecuencias. Qué ocurre en una casa en la que un hijo se ha suicidado. Qué les ocurre a los padres, para siempre. Qué culpabilidades, qué pesadillas, qué vida les espera. Hay que contarles a los jóvenes que sus familias nunca superarán algo así, nunca superarán su falta, el vacío de su ausencia, que jamás podrán aprender a vivir con ello, aunque deban hacerlo, aunque logren aparentar que lo han hecho.

Y, por supuesto, hay que hablar de futuro. Del futuro que espera, más allá de esta desazón que conduce al cortocircuito que es la pulsión suicida. Cómo combatir el presente para alcanzar un futuro donde habrá tanto bueno por vivir, por contar, por celebrar. Cómo el sufrimiento nos hace más fuertes. Hay que convertir a los suicidas fallidos en héroes, hay que permitirles hablar de su dolor y su fragilidad (sin apartar la mirada), de cómo lo superaron, de cómo pueden ayudar a otros en su misma situación. Hay que darles vela en este entierro que, por fortuna, no ha sido el suyo, pero ha sido el de otros como ellos.

Otros que tampoco parecían suicidas, como los de las fotos de Londres.

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