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Luis Ortega

gentes y asuntos

Luis Ortega

Cien años

Mañana cumpliría cien años pero anticipó su marcha dulce, acaso por la tranquilidad de su conciencia y el cansancio sano de una vida intensa, valiente y luminosa, amparada por una fe sin barreras que admiró a los decentes y a los neutrales, fuera cual fuera su credo e ideología. Nació en un medio hosco y difícil y, dotada de una inteligencia chispeante y una voluntad de hierro, afrontó junto a un esposo honesto, ingenioso y divertido los retos de una familia numerosa a la que inculcó la decencia, la cultura del esfuerzo y el valor del trabajo.

Igual que su bondad premió a quienes la rodeamos, recibió a lo largo de su existencia ejemplar pruebas de afecto por los auxilios y favores que, sin parar, hizo por quienes lo necesitaban, sin ningún interés ni señal de ostentación, con la discreción de los verdaderos piadosos.

Socorro Abraham Rocha se marchó con la paz de los justos y, desde su austeridad cristalina, tal vez un poco abrumada por los excesos gestuales, y los comportamientos tópicos en las muertes ajenas que, algunas veces, revelan, más que el dolor por el óbito, el remordimiento o el miedo del pariente o del próximo; porque cuando se vive sin mentiras ni ruidos, sin ambiciones fuera de los logros ganados por méritos propios, las afectaciones abochornan a los caracteres dignos y sabios.

Dejó una estela de cariño y gratitud entre quienes la conocieron que, para bien, aún nos salpica y se muestra inolvidable. Sin que nadie se lo pidiera, solo sus propias convicciones, repitió sin parar sus aciertos y reparó los errores y desvíos del entorno, porque los suyos, veniales y de puro celo, los reconoció al momento y para asombro de todos. Tal día como hoy, hace un año, nos reunimos para recordar su estatura y sus virtudes y leímos sus valiosos y curiosos memoriales; sus agudas descripciones de los próximos, sus retratos ajustados de todos nosotros, y del grupo social que compartió, escritos con tanta honestidad y firmeza como solidaridad; narró la sinóptica descripción de nuestros actos y tiempos con la precisión quirúrgica de los realistas franceses –Balzac, Stendhal, Flaubert–, que leyó tarde pero aprendió a fondo y disfrutó bien. En agendas pequeñas, algunas de propaganda, en folios intercalados en sus muchos misales, en las páginas de gracia de los libros leídos y en el dorso de sus estampas del santoral, dejó un relato coherente, de las personas de una pieza y las almas pequeñas, de la grandeza de los modestos y el patetismo de los hipócritas; ejemplificó los actos, buenos, malos y regulares en lugares y años para repetir los útiles y desdeñar los gratuitos; y otros en el sin tiempo que sirve igual para las virtudes y los vicios.

Ese diario episódico, memorial de llantos y risas, fue la mejor sorpresa y la mayor herencia que recibí de mi madre, porque desnudaron la realidad bajo los disfraces y aditamentos y, también, porque nadie los quiso, y los ignoró por cotidianos; porque, todo hay que decirlo, por la curiosidad que nos acompaña a los vendedores de aire. Compartí sus confidencias y consejos con el primogénito, el perfecto hermano mayor, el amigo innumerable, con el que hablé casi todos los días de mi vida, y con Ana, la inmediata, la honradez y el cariño sin fisuras, ajenos ambos a las falsas apariencias y las actitudes de astracán.

En la sencilla conmemoración de este 2022, medio liberados de pandemia y de volcán, y con tanta nostalgia, Manolo, el hijo merecidamente favorito, estará cerca de la creyente fervorosa y madre; y casarán, con tanto precisión como en sus vidas, la fe materna y el digno agnosticismo de su descendiente, un hombre bueno, con ideales y sin enemigos. Con necesidad y urgencia, sin ningún atisbo de interés, una y otro, se llamaron sin descanso en sus últimas horas, celebran juntos el centenario y se ganaron la unidad en el recuerdo.

En ilusionada compensación estuvieron con nosotros los nietos, los que descubrieron a la abuela en su auténtica dimensión para el abrazo y el gozo, y los amigos de toda condición entre los que dejó una huella imborrable, porque en la memoria sincera está el primer escalón de la eternidad. Unos y otros participaron en este memorial íntimo que asoma a la columna, y Ana María, depositaria de las buenas esencias que la madre dejó en su tránsito, perfumó con incienso, sándalo y unción una fecha que carga tanta tristeza como esperanza.

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