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António Guterres | Secretario General de la ONU con la lengua desatada

El quinto jinete del Apocalipsis

Conocí a António Guterres ante un buffet bien poblado. No incurriré en la grosería de señalar que se le podría confundir con un camarero, pero nadie prestaba demasiada atención en aquel octubre de 2000 al primer ministro de Portugal, eclipsado por la presencia en los alrededores del explosivo Yaser Arafat, del no menos radical José María Aznar o de Shimon Peres.

La percepción de Guterres cambió en cuanto se colocó detrás de un micrófono. Aznar enmudeció, hasta esa Lola Flores del cotarro internacional que respondía por Arafat se concedió una tregua. Alguien dirá que la propensión al anonimato, incluso anatómico, del actual secretario general de Naciones Unidas le permitía decir la verdad con la tranquilidad de que nadie iba a prestarle demasiada atención, y mucho menos a seguir sus doctrinas.

Aunque lisboeta, Guterres llamaba «Mare Nostrum» al Mediterráneo. También pronunció un hermoso alegato contra «la irracionalidad de los comportamientos políticos como el populismo, los nacionalismos violentos y los fundamentalismos religiosos». Así hablaba el socialista católico más de dos décadas atrás, un año antes de que el 11S colocara al planeta boca abajo.

Entenderán que me cueste reconciliar a aquel pajarillo que picoteaba en los buñuelos de nata con el incendiario que hoy agita los foros mundiales. Desde su cultura letrada con el refuerzo de una ingeniería, se ha transformado en el heraldo del fin de los tiempos. El quinto jinete del Apocalipsis, o del Apocadolipsis en su caso, necesitaría una banqueta para colocar el pie en el estribo de su cabalgadura profética. Una vez montado en la silla, no ha ahorrado una sola invectiva contra las plagas, desde el epígrafe de que «estamos cavando nuestras propias tumbas». Cabe añadir algunas citas textuales.

Guterres sobre el cambio climático: «O detenemos nuestra adicción a los fósiles o ella nos detendrá. Basta de brutalizar la biodiversidad, basta de suicidarnos con carbón, basta de tratar a la naturaleza como un retrete».

Sobre el reloj de la guerra nuclear: «Derrochamos en armas del día del Juicio Final. Estamos a un solo malentendido, a un solo error de cálculo de la aniquilación nuclear».

Sobre la crisis económica: «La población mundial será arrasada por una oleada de hambre e indigencia sin precedentes, que dejará una estela de caos social y económico».

Sobre los modos de Putin en Ucrania: «Rusia es un estado terrorista que toma como rehenes a plantas nucleares».

Sobre los beneficios de bancos y conglomerados energéticos: «Envíen un mensaje claro a la industria de los combustibles fósiles y a sus financieros, que esta codicia grotesca viene castigando a las personas más pobres y vulnerables, mientras destruye nuestro único hogar común».

En el campo del socialismo europeo, y Guterres presidió la Internacional de dicho partido, no se recuerda una contundencia semejante desde que François Hollande derrotó a Nicolas Sarkozy al grito de «los banqueros son mis enemigos». Los portavoces de Arabia Saudí se han sentido obligados a frenar los ímpetus del jinete del nada elíptico Apocalipsis, porque «la bondad de sus intenciones solo se ve superada por su ignorancia económica».

Mi conclusión es menos globalizadora. Esa persona humilde y de mirada gacha que te parece incapaz de romper un plato atesora la misma energía nuclear que su peso en uranio enriquecido, ay de quién la desate. El hombre modoso se transformará en una gorgona nietzscheana con la melena enredada de serpientes, en la Medusa. Lejos quedan los tiempos en que los dirigentes mundiales no podían ni insinuar que el día amenazaba lluvia por temor a que se desplomaran las Bolsas. O los tiempos idílicos en que los secretarios generales de la ONU debían pasar tan desapercibidos que se les exigía un nombre repetido, como Boutros Boutros.

Se imponen las jerarquías deslenguadas, al estilo del Papa Francisco en su «si insultan a mi mamá, pueden esperarse un puñetazo». En tiempos finiseculares o escatológicos, hasta los seres silenciosos como Guterres prorrumpen en aullidos agónicos. A menudo alcanzan la dimensión estilística del «lo que haga falta» de Mario Draghi que rescata a Europa, aunque los forofos patriotas preferirán el «¿por qué no te callas?» de Juan Carlos I. También Guterres ha encontrado su voz en grito, para desencadenarse de la tutela de sus dos hermanos mayores ibéricos, Felipe González y Mario Soares.

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