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TRIBUNA LIBRE

Taiwán, después de Ucrania

La visita a Taiwán de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, está provocando un auténtico sismo político y puede que estratégico en el Pacífico, con consecuencias que pueden revestir cierta gravedad.

Sin pretender ser pesimistas, ya advertíamos a raíz de la guerra desatada por Rusia en Ucrania que Taiwán asomaba en el horizonte como un segundo peligro principal para la estabilidad mundial. Esa visita esta semana de Nancy Pelosi a Taipéi en el marco de una gira por Asia y la reacción china evidenciaron que se trata de un objetivo altamente sensible.

El tardío intento de la Casa Blanca de restar sustancia al hecho y a la propia agenda de Pelosi, políticamente muy significativa para China, alerta de que las contramedidas dispuestas por Beijing irán más allá del ruido momentáneo de unos ejercicios militares.

La posición oficial de los Estados Unidos es que nada cambió, pero es difícil de sostener este punto de vista porque habrá cambios. Con independencia del balance de la respuesta militar hay cuestiones en las que se produjo una inflexión.

Primero, en la superación de ciertos límites, que tendrán consecuencias en la proyección de la fuerza militar de China sobre Taiwán, incrementando el nerviosismo y también el riesgo de incidentes o conflictos menores que ambas partes deberán gestionar sabiamente para que no derive en escaladas o también en un conflicto abierto. La afectación de las aguas territoriales de Taiwán y/o sus proximidades así como su espacio aéreo están en el punto de mira.

Segundo, una reafirmación china de su soberanía sobre la isla que podría concretarse en una adopción de medidas políticas y legislativas que igualmente se proyecten sobre Taiwán, incrementando la presión sobre sus autoridades, con las que desde hace seis años no comparten ningún marco bilateral de diálogo al rechazar la idea de que solo existe una China en el mundo. Esa ausencia de comunicación es un factor agravante de la situación.

Tercero, un incremento de la presión económica en una doble perspectiva: primero, haciendo valer el alto nivel de dependencia (alrededor del 40 por ciento de las exportaciones taiwanesas van al continente); segundo, desarrollando acciones específicas pensadas para sectores concretos con el fin de revolverlos contra las autoridades de Taipéi.

Por último, en la relación con Estados Unidos el tímido efecto reparador de las conversaciones estratégicas de los últimos tiempos para limar asperezas queda en entredicho. Para China, el diálogo sirve de poco cuando los hechos caminan en otra dirección. ¿Es esta la manera que tiene Biden de debilitar los riesgos de derrape de la relación bilateral?

Por el contrario, da la impresión de que la aspiración de los sectores más conservadores de Estados Unidos se imponen en un discurso y en la agenda, incluso alentando una normalización de facto de la relación diplomática con Taiwán y fortaleciendo su papel en la estrategia de seguridad para el Indo-Pacífico. Una escalada se da por segura y corre peligro la cumbre bilateral en persona de Biden y Xi que se estaba organizando.

Esta evolución tiene riesgos también para China, pues si con estas respuestas pretenden intimidar al independentismo o frenar el apoyo de Estados Unidos, ambas cosas están por ver. De entrada, cabe que internamente crispe y polarice la sociedad taiwanesa, todavía más de lo que está, de lo que puede beneficiarse electoralmente el gobernante PDP al equiparar a los defensores de la reunificación con «traidores».

Por otra parte, al presentar a China como un país amenazante y dictatorial, Washington espera poder acelerar su estrategia de reactivación de las alianzas militares y políticas en la región para frenar a China y argumentar lo que en el fondo más le interesa, un desacoplamiento de China del mundo desarrollado que así puede permitirle, cuando menos, seguir liderando una de las mitades en las que quedará dividido.

¿Es posible una guerra por Taiwán? La hipótesis de que pueda desencadenarse en la presente década está ahí, y lo sucedido estos días demuestra la fragilidad en la que vivimos instalados.

Ambas partes asumen ya que el objetivo de incorporar a China al corral occidental a través de un compromiso no tiene viso alguno de triunfar; por el contrario, los incómodos pueden crecer y el catalizador exponencial puede ser Taiwán si el resultado de la visita de Pelosi, Beijing, como parece, apuesta por acelerar el proceso de reunificación sintiéndose legitimado para generar un nuevo statu quo.

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