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Ola reaccionaria

La capitulación del bañador

Tras la última oleada contabilizada del Covid, ya bastante benigna, la pandemia parece haber desaparecido de los medios y se ha borrado de la curiosidad y el interés de los ciudadanos. Se habla ocasionalmente del asunto, como quien habla de los calores estivales; se escucha de vez en cuando alguna advertencia bien intencionada que lanza alguien con mascarilla, surgen ocasionalmente informaciones muy menores sobre la enfermedad…

La capitulación del bañador

Lo cierto es que, desde que la pandemia ha dejado de estar en primer plano, un gran número de ciudadanos nos hemos contagiado, hemos visto cómo el entorno personal se rodeaba de infectados, hemos sabido con estupor que durante meses morían cientos personas cada semana sin que nadie destacase esta tragedia, como si fuera la cosa más normal del mundo, equivalente a una inofensiva gripe. Por añadidura, se lanzan informaciones verosímiles y aterradoras, como la de que uno de cada ocho casos de Covid es de los llamados de larga duración, es decir, que produce síntomas inquietantes —debilidad, tos, dolores musculares, pérdida de memoria, de olfato y de gusto— durante meses. En realidad, nadie sabe durante cuántos meses. Ni mucho menos conoce algún tratamiento útil para estos casos. Al parecer, logradas las vacunas, el esfuerzo investigador ha decaído totalmente.

Es posible que el agotamiento del sistema sanitario tras un tan largo periodo de tensión lo haya dejado exhausto, pero habría que analizar este final prematuro del problema, en que sigue habiendo muchos contagios, también al parecer muchas muertes, sin que nadie se ponga realmente en las comunidades autónomas y en el Ministerio correspondiente a los mandos de la situación.

El toples se está convirtiendo en una especie en extinción en las playas. El que fuera un símbolo de liberación, una reivindicación de igualdad, un pacto con el cuerpo va perdiendo terreno. Subsiste más en mujeres mayores que en jóvenes, quizá porque son más conscientes de que fue una batalla contra la opresión y el machismo, un golazo al puritanismo, un puntapié a décadas de represión y sermones castrantes. Pero el eco de aquel empeño no llega a la memoria de las más jóvenes. El presente se puebla de nuevos condicionantes. En especial, la mirada.

No deja de ser perturbador que, en un momento en el que la denuncia de las actitudes machistas es más activa que nunca, el principal motivo que las mujeres alegan para cubrir sus pechos sea el peso de la mirada ajena. Porque quieren tener el control de su cuerpo y saben que, al mostrarlo, es susceptible de ser registrado y exhibido en redes sin su consentimiento. Y porque algunas miradas se han vuelto más agresivas. Es posible que el recato que las mujeres de los años 70 y 80 se esforzaron en romper, también hiciera a los hombres más cautos en su mirada. O quizá, porque esa mirada, además de acosar, ahora juzga en exceso.

Juzga él. Juzga ella misma. Juzgamos unos cuerpos que, más que nunca, se han convertido en materia de escaparate. Las redes, una pasarela donde triunfan cánones de belleza incompatibles con la realidad. Filtros que modelan siluetas más propias de la animación que de la carne, deformaciones caricaturescas de la femineidad. En contraste con esos modelos inalcanzables, el cuerpo real siempre sale perdiendo.

Es posible que ese pedazo de tela recuperado sea el testimonio de una capitulación. Un reflejo de un cúmulo de inseguridades que impide vivir de forma plena y feliz el cuerpo, sea como sea. O puede que solo se trate una moda y que el toples haya perdido todo rastro de rebeldía. Aunque, si esto es así, no deja de ser curioso que cada día haya más muestras de rechazo a mujeres que lucen toples. La moda siempre está conectada al momento ideológico. Una ola reaccionaria amenaza la libertad y los derechos de las mujeres. Lo conseguido se tambalea. Nada es fortuito ni carece de consecuencias.

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