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Luis Ortega

Gentes y asuntos

Luis Ortega

Nazco y El Paso

Los papeles y las gentes no recuerdan un periodo de año más amargo en la historia de la Ciudad que, en este verano, cumplió 112 años con tan honroso título. Al igual que las hipotecas subprime que la provocaron, Estados Unidos exportó las quiebras en cascada de las entidades financieras de medio mundo en la crisis económica que castigó a los países occidentales desde el 2008: y, cuando al fin, después de muchas privaciones y sacrificios, respiramos a medias, el miedo cambió de bando. El virus chino, una noticia exótica en principio, se convirtió en una tragedia planetaria ya con el nombre de covid 19, con el miedo y la mascarilla fija, compusimos una estampa insólita que ningún escritor de anticipación había imaginado. Para aumentar la zozobra, faltaba un suceso local y éste llegó en forma de incendio interfaz –aquel que se produce en la confluencia de las zonas forestales y los asentamientos urbanos– que, a las dificultades propias de su naturaleza, sumó unos días calurosos y dejó un balance de una cincuentena de viviendas destruidas o afectadas y la calificación gubernativa de Zona Catastrófica. Con el suelo caliente, llegó la erupción en Cabeza de Vaca, la más grave de las registradas en Canarias en periodo histórico y la más y mejor estudiada por los especialistas.

Por fortuna cambió el tercio y la Bajada Trienal de la Virgen del Pino, aplazada en el triste 2021, llega con su carga de piedad y tradición, con su colorismo y alegría y con un programa cultural paralelo y ambicioso. El alcalde Sergio Rodríguez, que se mueve con la misma propiedad y eficacia en todas las circunstancias, e Irinova Hernández, concejala delegada, activaron a todos los creadores locales e insulares y llenaron agosto y los primeros días de septiembre de actividades literarias, plásticas y musicales.

En la Casa de la Cultura –titulada con la memoria de Baulio Martín Hernández– se presentó un libro imprescindible para la comprensión de la historia local, tanto por el periodo que abarca (1950-1870), como por el perfil del autor. Ángel Nazco García, emigrante en Venezuela, como tantos pasenses de los años duros, estudió medicina y se especializó como urgenciólogo e internista; su aplicación profesional no le impidió servir a su pasión literaria, en un meritoria variedad de géneros que incluyen la novela, la biografía y el ensayo histórico; y, en este caso, la compleja e imprescindible historia local. Esta es la que nos permite avanzar en el conocimiento de la realidad local, como totalidad o como bien parcial pero siempre con referencia en las realidades físicas y culturales superiores, la regional y la nacional.

Además de su prosa directa y aseado estilo, los méritos esenciales de este nuevo libro –El Paso (1950-1970)– radican en los sentimientos y propósitos que lo alientan; está escrito desde la nostalgia que, en los hombres y como la barba, brota en el adiós a la adolescencia; abarca un periodo de ausencia capital en la formación del carácter y la definición del oficio y lo hace, desde el recuerdo y la distancia, con el apoyo de una amplia serie de informantes, buenos amigos que le orientan en los rumbos de la política, la economía, la cultura, la vida social e, incluso, el ocio durante su tiempo de ausencia.

Con este método y herramientas da cuenta de realidades diferenciadas con objetividad y pulcritud de estilo, muy en línea con el rumbo de las ciencias históricas de los años 80, que se apoyaron sabiamente en la sociología y en sus encuestas sobre la construcción y la conducta social, su cultura, códigos, orígenes, lenguaje, organización e instituciones.

El trabajo de Ángel Nazco va más allá del relato personal y grupal, y de las anécdotas y matices singularizados que contenga. Es la expresión de una sociedad en proceso de reconstrucción, tras el largo paréntesis de la dictadura y en busca de la democracia que comenzará a dibujarse a mitad de la década y con la actuación providencial de un posibilista inteligente, y patriota, que se llamó Adolfo Suárez. Es todo eso y, también, un retablo valioso y variado, grave y alegre, imprescindible, de una ciudad con estilo propio, apegada a sus tradiciones y con una incontestable pulsión por la cultura.

Compartí la presentación con el alcalde Sergio Rodríguez que, con razón calificó la actual Bajada del Pino “como la más necesaria de la historia”, después de un ciclo oscuro; con la editora Elena Morales; y con la profesora Rosario Pino, con quien tanto coincido en los viejos asuntos de la cultura. Y coincidí en el valor del empeño, con el público que llenó el salón en una tórrida tarde de agosto y, por supuesto, con Ángel Nazco y su esposa Yimary, y un grupo notable de amigos comunes, escritores y artistas, protagonistas de una relación de hechos y afectos llamado a tener un largo recorrido.

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