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OBSERVATORIO

Cambio de ciclo en Oriente Próximo

En las últimas décadas, las relaciones entre EEUU y Arabia Saudí han experimentado notables altibajos. El reciente viaje del presidente Joe Biden a Oriente Próximo buscaba un acercamiento entre Washington y Riad, aunque no está nada claro que lo haya conseguido. Las próximas semanas serán determinantes para comprobar si el mayor productor de petróleo árabe tiene intención de aumentar su ritmo de extracción, lo que estabilizaría el precio del crudo y frenaría las tensiones inflacionistas en buena parte del mundo.

Cambio de ciclo en Oriente Próximo

La crisis energética desatada por la invasión rusa de Ucrania ha obligado a la Administración demócrata estadounidense a dar un giro de 180 grados en su trato con las petromonarquías del Golfo. Durante su campaña electoral, Biden dejó claro que consideraba al príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán, responsable del asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Tras llegar a la Casa Blanca, condenó al ostracismo al hombre fuerte del reino saudí, pero la intervención militar rusa en Ucrania ha forzado un inesperado cambio de guion, ya que Arabia Saudí es el segundo productor mundial de petróleo.

No es la primera vez que las relaciones bilaterales entre ambos países están en la cuerda floja. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dejaron en evidencia el abismo que separaba a ambos países, ya que 15 de los 19 terroristas suicidas eran de nacionalidad saudí, al igual que Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda. Este acontecimiento provocó un cuestionamiento generalizado del matrimonio de conveniencia establecido entre EEUU y Arabia Saudí en 1945, por el cual el primero garantizaba la seguridad del segundo a cambio de que mantuviese unos precios de crudo estables. Desde entonces, la desconfianza entre los antiguos aliados no ha dejado de crecer.

El valor del desprecio

No obstante, la crisis ucraniana ha trastocado todo y Biden no ha tenido más remedio que guiarse por la realpolitik. Por su parte, Mohamed bin Salmán, que parte de una posición de fuerza, pretende cobrarse el desprecio del que ha sido objeto. No debe olvidarse que las petromonarquías del Golfo han multiplicado sus ingresos como consecuencia de los elevados precios de los hidrocarburos y, por lo tanto, carecen de razones objetivas para desinflar el suflé. De ahí que no tengan excesiva prisa por aumentar su producción de petróleo, a no ser que obtengan fuertes contraprestaciones a cambio.

La prioridad absoluta de Arabia Saudí y Emiratos Árabes es evitar que Irán prosiga su programa nuclear, para lo que han formado un frente común con Israel. Estos tres países exigen un mayor compromiso de EEUU con la seguridad regional por medio del despliegue de un escudo antimisiles que les proteja de cualquier veleidad del régimen iraní. En definitiva, este bloque pretende que la Casa Blanca se comprometa a hacer todo lo posible para evitar que Irán acceda a tecnología nuclear, incluso si ello implica emprender una campaña militar para destruir sus centrales de enriquecimiento de uranio.

Así las cosas, todo parece indicar que el presidente Joe Biden está atrapado en una tela de araña. Si quiere que las petromonarquías del Golfo se comprometan a aumentar el ritmo de producción puede verse envuelto en una nueva espiral bélica, algo que tanto Barack Obama como Donald Trump evitaron a toda costa para no repetir los mismos errores cometidos en Afganistán e Irak por George W. Bush.

Durante años, EEUU ha protegido a los regímenes autoritarios del Golfo mostrándose acrítico pese a sus reiteradas violaciones de los derechos humanos y persecución de las libertades. Esta relación clientelar tenía múltiples beneficios, ya que sus compañías petrolíferas explotaron los pozos petrolíferos de la región y la industria armamentística hizo pingües negocios vendiéndoles todo tipo de armamento sofisticado. Hoy en día, la situación ha cambiado de manera drástica, ya que las petromonarquías han diversificado sus alianzas y son menos dependientes de Washington, al que no dudan en contrariar y plantar cara para evidenciar sus contradicciones. Conscientes del cambio de ciclo que se aproxima, dichas petromonarquías parecen confiar más en Israel que en EEUU para garantizar su seguridad en el futuro.

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