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José María Lizundia

Todos los sobrenombres del Presidente

El no del todo estadista Zapatero, acogido por el izquierdismo centroamericano y Grupo de Puebla, y jamás requerido por universidades europeas, norteamericanas, think tank y tribunas afines o para conferencias, no es el doctor Sánchez, sino bastante más iluso. La historia ha empezado a emitir veredicto y tras su presidencia gubernamental, aparece la errancia de una persona gris y deslavazada de quien nadie requeriría nada por su extrema levedad.

Hasta no hace poco no había periodista o comentarista, ajeno al redil monclovita, que no tuviera que apelar a categorías psicológicas para definir las actuaciones de Sánchez al ser la única forma de que tuvieran comprensión y explicación, del terco aspirante al boato y honores de la realeza. Sus comitivas de 20 coches para actos en Madrid, el enjambre de guardaespaldas, sus viajes en falcon/superpumas, desplazando caravanas de Audi 8 por tierra en sus visitas a esperarlo, las vacaciones con su pandilla en los palacios de la Mareta y las Marismillas, que hay que acondicionar, su grandeza, ahora inmortalizada en una serie, de gran conductor con culto egotista a su personalidad.

El doctor Sánchez ha venido dando un perfil muy bajo de político pero muy alto de sus costuras psicológicas que se sobre imponen, que venían a ser su infraestructura bajo su superestructura de maniquí del Corte Inglés; el envidiado por ser muy guapo, que dice esa ministra de pelo corto y largo raciocinio. Ese periodismo independiente por fuerza al analizar muchas de sus espectaculares actuaciones, que desde la epistemología política resultan radicalmente inconexas, había de acudir a la psicología o el psicoanálisis. Así se vio adornado de los cuadros de vanidoso, narcisista, ególatra, psicótico, psicópata. Estamos todavía en la primera fase de comprensión del doctor veleidoso y laureado césar. Nada fiable, interesado e incumplidor.

Políticos y medios de izquierda (foto) focalizaban contra la derecha valores estético éticos, por la importancia conferido a la imagen y su significado creado; absueltos de explicación o análisis, tenían tal fuerza condenatoria que sobraba todo, como el pecado más inicuo, demostrando que la fotografía venía a ser casi aurática como enseñó Walter Benjamin, o trascendente para Susan Sontag. La Foto de las Azores que hizo furor en el imaginario y luego la Foto de Colón, colonizó de ignominia a sus asistentes y descendientes de derechas extremas. Como casi fueran Auschwitz o Bergen-Belsen. Fueron dos fotos (de vérseles que están) de mucho rendimiento publicitario, propaganda gandula, con la agitación prevista para el Anticristo en Trento. Hemos de acudir ahora a la historia de las formas y figuras de gobierno, antiguas y modernas: autócrata, despótico, cesarista, tirano, bonapartista. Dos vectores de análisis: psicoanalítico y arquetipos antidemocráticos.

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