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observatorio

Solo es un pinchazo, mujer

Cada día un pinchazo o varios casos, denuncias, asistencias médicas. Pero no se ha encontrado droga, en general, ¿ha habido agresión sexual?, no, nada, ni la denuncia. La sumisión química es la borrachera de toda la vida, la estrategia de ligue planeada o pillada al vuelo, una ocasión que se abre en la avanzada noche, cuando el consentimiento ya está fuera de juego. Este verano, hace más meses en otros países europeos, las técnicas han cambiado y ha entrado en acción la droga en la bebida, ahora los pinchazos. Botellines de éxtasis líquido aparecen en redadas policiales, y la inquietud crece entre las mujeres, sobre todo jóvenes, y sus familias, ante un verano pospandémico que pide a gritos salir de fiesta, alargar las horas, socializar.

La alarma social levantada puede no estar a la altura de la magnitud de los casos si los reducimos a lo que se diría el tipo legal, porque la prueba, esa carga de hechos que acompaña un delito, la identificación del autor, y sus consecuencias físicas en las víctimas son muy escurridizas en estos supuestos. La policía se ha volcado en perimetrar el fenómeno, en aclarar qué intenciones hay detrás de los pinchazos, que parecen ya el resultado de un reto viral y conductas miméticas, gamberradas.

Pero sea cual sea el alcance último del gesto de pinchar, lo que es innegable es que son las mujeres las víctimas de estas conductas y que por todo ello se sienten asustadas o angustiadas hasta el punto de que se replantean su propio comportamiento, las actividades que realizan y su seguridad. No hace falta que el pinchazo cause lesiones físicas, ni siquiera que lleve droga. Que se produzca en sí es el problema, y de nuevo vuelve a recaer su peso en las mujeres.

Muchas mujeres que han expresado en redes sociales su inquietud han recibido chanzas masculinas a modo de respuesta, burlas y comentarios machistas, en las que en último término les instan a quedarse en casa si quieren estar seguras.

La batalla por el espacio público es una más de las que afrontan las mujeres que aspiran a un mundo más igualitario, y perder la libertad de la noche, de la gestión de tu vida en igualdad de condiciones que los hombres, sigue lejos de ser una realidad.

El goteo de casos de pinchazos en distintos puntos de la geografía, siempre en momentos lúdicos y nocturnos, se sucede a la vez que asaltan la actualidad noticias que insistentemente ponen el respeto a las mujeres a nivel de tierra. Una mujer, jornalera, ha sido agredida sexualmente en Murcia por su empleador y este ha sido condenado a seguir un curso de educación sexual y a no delinquir en los próximos cinco años. En 2021, la Policía Nacional y la Guardia Civil desarticularon 64 organizaciones y grupos criminales y detuvieron a 663 personas implicadas en trata de mujeres, y liberaron a un millar.

Algo sigue sin cambiar en la mentalidad de nuestra sociedad, también en la de algunas mujeres: mientras una joven explicaba a la policía que la habían violado, la madre del supuesto agresor le envió varios mensajes ofreciéndole dinero para que no formalizase la denuncia.

Mientras, sigue a la espera de su aprobación la ley que debe agravar el castigo a conductas como la sumisión química, que pasarían de abuso sexual a agresión sexual, y que pone en su justo lugar el peso del consentimiento a través de la ley del sí es sí. La voluntad de la mujer, sus decisiones, su iniciativa y sobre todo su oposición a lo que los demás quieren de ella sigue huérfana de amparo legal, la primera defensa que necesita ante un entorno en el que todavía el machismo campa a sus anchas.

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