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Matías Vallés

Un dron para Putin

El siglo pasado, este artículo se habría titulado «Una bala para Putin». Sin embargo, los asesinatos a distancia iniciados por Bush, y multiplicados por Obama con su premio Nobel de la Paz a cuestas, corrigen el epígrafe en «Un dron para Putin». En frío, la propuesta suena desorbitada incluso para los máximos valedores de Ucrania. Sin embargo, el presidente ruso ha adquirido la condición de nuevo Osama bin Laden, por lo que se le aplica la doctrina de la ejecución de líderes terroristas islámicos sin presunción de inocencia.

La globalización exige también un Satanás de guardia, y es indudable que el mundo ha encontrado un supervillano a su altura. Será difícil que Putin supere los 21 hijos de Bin Laden, pero rellena todas las casillas del estadista a quien el planeta ama odiar, después de intentos infructuosos y provincianos del estilo del bielorruso Lukashenko. Y desde que el amo del Kremlin ha pasado del asesinato selectivo mediante venenos a la matanza industrial bombardeando las estepas ucranianas, su potencial destructivo supera a las instancias criminales más acreditadas.

Joe Biden salió de su sopor agravado por la covid para decretar que «la Justicia ha sido entregada», en referencia a la ejecución a distancia mediante misiles Hellfire del líder de la alicaída Al Qaeda. El ajusticiamiento a domicilio de Ayman Al-Zawahiri debería cursar con alguna prevención constitucional, sobre todo cuando se mata sin juicio previo a un septuagenario que limita su potencial asesino a delirar en vídeos babeantes, y que cometió su crimen estelar hace 21 años. Por no hablar de que el presidente estadounidense viene de abrazarse sin rubor a Mohamed bin Salman, el descuartizador.

Si se contabiliza la guerra de Ucrania como injustificada invasión sangrienta, Al Zawahiri no ha sido más sanguinario que el presidente ruso, lo cual refrenda la doctrina de un dron para Putin. De hecho, el médico egipcio del Bin Laden que sufría inesperados retortijones paralizantes cada vez que tenía que entrar en combate, también estaría por debajo de Bush en índice de letalidad, si se contabiliza la guerra de Irak como injustificada invasión sangrienta.

Los asesinatos selectivos lanzados desde Estados Unidos sobre enclaves que no tienen restaurantes de comida rápida no pueden asumirse sin repasar la idiosincrasia del país de origen de los drones. Bush atesoraba en la mesa del Despacho Oval la pistola Glock de Sadam Husein, al que derribó y envió a la horca porque había humillado «a mi papá». El presidente también guardaba una baraja en que las figuras eran los líderes de Al Qaeda por orden de importancia, y tachaba sus rostros primorosamente cada vez que le informaban de una ejecución.

La cacería de terroristas islámicos es tan importante para los inquilinos de la Casa Blanca como colgar la cabeza de los venados en la pared. Puede hablarse en propiedad de una tradición, desde que Obama decidió asesinar a Bin Laden para no tener que juzgarlo, con la célebre foto en que los verdugos contemplan por televisión con aire acondicionado el exterminio de la familia de un asesino en masa.

Estaba claro que Trump no se resignaría a un cuatrienio sin su trofeo de caza. Tuvo que esperar a la segunda mitad de su reinado para cobrarse la pieza de Abu Bakr Al-Baghdadi, el cabecilla de negra indumentaria del Estado Islámico que detonó su cinturón de explosivos al verse acorralado por efectivos estadounidenses. El penúltimo presidente hubiera preferido ejecutar a algún ayatolá iraní, pero efectuó el discurso ya protocolario comunicando que se había abatido a un enemigo de la humanidad.

La ejecución de Al Zawahiri confirma a la vez el eco decreciente de los asesinatos selectivos y que la temible Al Qaeda es un conglomerado de capa caída. Bajo el liderazgo del médico egipcio encarcelado tras el asesinato de Sadat, su organización La Base se vio oscurecida por las atrocidades difundidas con maestría videográfica por el Estado Islámico. La colisión de la matriz con su vástago más salvaje demuestra que incluso el terrorismo admite una gradación.

Occidente no ha hablado directamente de aplicarle el tratamiento yihadista a Putin. Sin embargo, se ha barajado con maldisimulado regocijo la hipótesis de un asesinato palaciego en el Kremlin, que arrastraría por siempre la sospecha de una implicación de la CIA. De momento, el zar no necesita drones ni venenos para desembarazarse de sus enemigos más pronunciados. Ha liquidado sin despeinarse a Boris Johnson y a Mario Draghi, los líderes de la oposición a su invasión. A este paso, perderá la guerra de Ucrania pero conquistará a Europa entera.

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