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CARTAS AL DIRECTOR

A los 77 años de Hiroshima

El 06/08/1945 explotó sobre Hiroshima la primera bomba atómica, arrasándola y aniquilando a la mitad de sus habitantes. Tras la detonación, la secuencia de destrucción y muerte se inició con una tremenda explosión de luz y calor (decenas de miles de grados centígrados) que en un área de 1 km alrededor del epicentro abrasó cuantos organismos vivos estaban a la intemperie, incendió las maderas, fundió los metales y pulverizó las piedras. Luego, la potente onda sonora demolió miles de edificios sepultando a sus habitantes y finalmente comenzó a actuar la radiación, cuyos efectos persisten. Media hora después de la explosión, las llamas fraguaron en una tormenta de fuego que ultimó la destrucción de la ciudad…Y todo eso con una bomba de unos 15 kilotones, pequeña para los estándares actuales.

Con la ilegal invasión de Ucrania y las amenazas rusas de utilizar armas nucleares vuelve a hablarse de estas a la ligera, sin subrayar la hecatombe que su uso produciría. Un ejemplo entre muchos es la reciente campaña de las autoridades neoyorquinas para instruir (?) a sus habitantes ante un hipotético ataque nuclear recomendándoles que, llegado el caso, se pongan a cubierto, permanezcan allí y estén atentos a las directrices oficiales (Get inside, stay inside and stay tuned).

La escasísima utilidad de estos simplistas consejos ha hecho reaccionar, alarmados, a los responsables de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares, Premio Nobel de la Paz en 2017, que recordando la magnitud de la catástrofe de Hiroshima (y de Nagasaki, días después) concluyen que si en una populosa ciudad ocurriera hoy un ataque nuclear, «millones de personas resultarían afectadas y nadie podría aliviar significativamente la situación de víctimas y supervivientes», enfatizando que «nadie, ningún país, ningún equipo médico, ninguna organización de ayuda humanitaria podría hacer frente adecuadamente a una explosión de esas características».

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