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con la historia

La plaza que no tenía que existir

Si la vida fuese una película de dibujos, estos días la plaza de Catalunya de Barcelona habría sido escenario de las aventuras de Mickey Mouse, pero no. La vida es de carne y hueso y las ratas no hacen ninguna gracia. De hecho, es una auténtica vergüenza que una ciudad que aspira a liderar los ránkings internacionales tenga uno de sus centros neurálgicos infestado de roedores.

La plaza de Catalunya en 1928, durante su remodelación.

Precisamente, cuando en 1928 Walt Disney daba forma al ratón más famoso del mundo, ese espacio se consolidaba como uno de los lugares más emblemáticos de la capital catalana, aunque en un principio la plaza de Catalunya no tendría que haber existido, porque Ildefons Cerdà no la había incluido en el diseño de su Eixample; pero la presión popular y los hábitos de los barceloneses hicieron inevitable su creación.

Hasta el momento de derribar las murallas, en 1854, la plaza de Catalunya era solo un descampado más allá de los muros que cerraban la ciudad en la parte alta de la Rambla. Simplemente, era un lugar de paso, donde se cogían los caminos para ir a Gràcia y Sarrià; y como en el interior de la ciudad vieja no había espacio para nada, allí se instalaban los envelats, las barracas de feria, los mercados y los teatros.

En 1862, el ayuntamiento no siguió el plan Cerdà y puso en marcha el proceso de urbanización de la futura plaza. Pero, si ahora la Administración es lenta, entonces lo era más y no fue hasta 1878 que se acordó la expropiación y compra de los terrenos afectados, a 1.000 pesetas el palmo. El problema era que no todos los propietarios de la zona estaban de acuerdo y empezó una batalla legal que se prolongó durante décadas. Así, mientras el Gobierno municipal iba sacando adelante el proyecto, se constituyó una Comisión de Propietarios de Tierras de la Plaza de Catalunya que llevaba su caso a instancias judiciales.

Las autoridades quisieron aprovechar la Exposición de 1888 para dar impulso definitivo al espacio y dos años antes de la muestra convocó un concurso para armonizarla. Entre los 16 proyectos presentados se escogió el de Pere Falqués que, además, en 1889 ganaría las oposiciones para ocupar la plaza de arquitecto municipal. Su diseño tenía forma de aspa y buscaba el equilibrio con los elementos preexistentes. Además preveía una fuente ornamental en el centro e instalaciones temporales construidas para la muestra, como el Museo de la Armería y el Café del siglo XIX.

Cuando terminó la Exposición de 1888, la plaza de Catalunya empezaba a erigirse como pieza clave en el engranaje urbanístico barcelonés. Aquel espacio abierto conectaba la ciudad que había crecido en el recinto amurallado con las principales calles del Eixample, donde la burguesía desplegaba su opulencia.

Fue necesaria otra excusa para dar forma definitiva a la plaza. Fue en 1929, cuando la ciudad acogió una nueva Exposición. Si la de 1888 había servido para poner los pilares de ese espacio, la de 1929 permitió monumentalizarla. Se encargó un primer proyecto a Josep Puig Cadafalch, pero después fue relevado por otro de Francesc Nebot, aunque este tampoco acabó su trabajo por desavenencias estéticas y fue Joaquim Llansó quien culminó las obras.

Demasiados desnudos

Seguramente, muchos de los que pasan por allí a diario no prestan demasiada atención, pero está llena de esculturas de aquella época. En 1927 se organizó un concurso público para seleccionar las obras que la decoran y se presentaron 90 propuestas, de las cuales se escogieron una treintena, realizadas por algunos de los autores más importantes del momento, como Josep Llimona, Frederic Marès, Josep Clarà y Pau Gargallo. La selección no estuvo exenta de polémica (una más), porque sectores conservadores se quejaron de que entre las obras había demasiadas piezas con desnudos femeninos. Esto hizo que algunas esculturas se trasladaran a lugares menos concurridos de la ciudad, como Montjuïc o el Palau de Pedralbes.

Si pasara ahora, no nos daríamos cuenta, porque suficiente trabajo hay con esquivar las ratas que estos días campan a sus anchas por la plaza. Y quien dice ratas, también dice palomas, pero las dejaremos para otro artículo.

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