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La dictadura XS

Una de las cosas que más me gusta del verano es la falta de complejos de la mayor parte de la población. Puede que según las encuestas más de la mitad de los españoles se avergüencen de enseñar sus cuerpos, pero la otra mitad qué bien hace en mostrar lo que quiera sin esconderse. Las piscinas, los ríos y las playas están llenos de personas que usan más allá de una talla 44, pero los anuncios siguen insistiendo en que debemos caber en una 38, como poco.

Lo que yo veo, lo que puede ver cualquiera, es una realidad distinta a la que muestran los escaparates. Ser adolescente ahora y tratar de buscar ropa debe de ser lo más parecido a bajar a los infiernos, a no ser que tengas una autoestima a prueba de bombas o una personalidad formada a base de años de experiencia (que no es el caso) o en su defecto, un cuerpo XS sin apenas curvas. De lo contrario, uno puede hundirse en la miseria: vestidos que hay que ponerse con calzador, bikinis que apenas son una tira o trajes chaqueta entallados y pantalones pitillo en los que solo cabes si te depilas las piernas. Tanto da ser chico como chica.

La tiranía de la delgadez extrema manda. Eres lo que los demás ven de ti, o eso creen. De ahí que el regalo estrella cuando terminan Bachillerato sea el aumento de pecho, y los músculos se enseñen como reclamo amoroso para el cortejo. Por eso, contra la dictadura de la ausencia de cuerpo, me gusta la exaltación de la carne que se muestra en las playas y en las piscinas. Somos imperfectos, tenemos celulitis, estrías y surcos que son huella de lo vivido, y después de los partos o las cesáreas, también se puede llevar bikini. Tampoco es necesario alisar y planchar las arrugas o estirarse la cara hasta quedarse sin expresión. Me gusta que la vida se muestre en su esplendor, ver a los abuelos y sus nietos, las marcas del paso del tiempo y también el brillo de su ausencia en la piel vainilla y chocolate de los niños, que juegan ajenos a cualquier mandamiento estético, rebozados en arena, dueños, ellos sí, de un verano que creen interminable, pero que para los adultos no es más que el umbral del siguiente invierno.

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