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Felipe de Marichalar | sobrino del rey. grande de españa y señor de tejada

El Borbón que Goya tantas veces pintó

A Felipe Juan Froilán de Todos los Santos de Marichalar y Borbón, decidieron llamarle Froilán, y mira que había nombres normales para elegir entre tantos: Juan, Felipe, por supuesto no Todos los Santos, ese habría sido peor. Llamar Froilán a un recién nacido es condenarle de por vida a intentar demostrar que, a pesar del nombre, es alguien normal, sin tara, lo cual, en el caso que nos ocupa, es tarea destinada al fracaso. Tal vez pesó en la decisión la historia de los Borbones, una familia poco ejemplar por decirlo suavemente, unos «viva la vida» por decirlo aún más suavemente, y quisieron reconducir al primogénito de la primogénita encomendándole a San Froilán, quien de muy joven abandonó la casa paterna para vivir como un ermitaño en las montañas del Cebrero y el Bierzo. Si ese fue el plan, hay que admitir que los ha habido mejores, pues en 24 años no ha dado muestras Froilán de querer vivir como un anacoreta, más bien al contrario. Parece pesarle más la sangre que los buenos oficios de su patrón.

Froilán se ha acostumbrado a salir en los papeles desde su nacimiento, cuando su padre compareció ante la prensa declarando: «Es idéntico a la madre, el pobre». En aquel momento, media España se apiadó del bebé casi tanto como del padre, mientras la otra media ardía en deseos de ver las primeras fotos del niño, así de cruel es este país. Años más tarde, en el altar de la boda de sus tíos Felipe y Letizia, le dio por pegar al resto de niños invitados, cosa que España celebró como una alegre travesura, «qué revoltoso es Froilán», «los niños son así, ya se sabe» y otras frases por el estilo. De haber tenido una abuela como la mía y no como doña Sofía -vaya en su descargo que la pobre estaría ocupada echando el ojo a su esposo, que con tanta princesa iría loco-, un sonoro bofetón habría finiquitado la travesura, y quién sabe, quizás habría sido el principio de otra educación para el chaval, como antaño estaba mandada. No hubo bofetón. El niño ha crecido creyendo que puede hacer lo que le da la gana, como espetarles un «me dais asco» a miembros del Partido Comunista de Andalucía con los que coincidió en un tren. Para él son simples travesuras que se le admiten por ser vos quien sois. Y encima lleva razón.

Hace unos días hubo un tiroteo en la discoteca de Marbella donde se encontraba con unos amigos. Tiempo atrás terminó en comisaría por una pelea en otra discoteca, y en otra ocasión fue «invitado a marcharse» de otra porque disparaba gas y espuma a los demás clientes, nótese que jamás le ocurre incidente alguno en bibliotecas o librerías. A mi abuela le faltarían manos para repartir bofetones y a Froilán carrillos para recibirlos.

No siempre los tiros son en broma: a los 13 años se disparó en un pie nadie sabe bien cómo, eso de dispararse al pie es también costumbre muy borbónica. Alguien debería haberle explicado a Froilán que para ser como el abuelito no hace falta dispararse literalmente al pie, es solo una forma de hablar, basta con echar a rodar uno mismo su propio prestigio a base de comisiones árabes y cacerías a precio de lujo, sean de paquidermos o de señoras. En fin, ya aprenderá.

A Froilán lo he visto varias veces en el Museo del Prado. No visitándolo, por Dios, que esas cosas le aburren -son proverbiales sus dificultades con los estudios-, sino en las pinturas de Goya. Froilán es el Borbón que Goya pintó una y otra vez, de pelo rizado y feo hasta decir basta, pero de mirada altiva porque sabe que los demás somos plebe y estamos a su disposición, le faltan solo unas patillas de cuatro dedos de longitud. Si en lugar de la familia de Carlos IV, Goya hubiera pintado la de Felipe VI, ahí estaría Froilán, mirando altanero desde un costado, que es donde en esos cuadros se colocan quienes no tienen responsabilidad alguna pero saben que van a vivir del cuento toda la vida. Si hay algo mejor que ser rey, es ser familiar de rey, de esos que ni fu ni fa pero que en todas partes encuentran cortesanos. Como nuestro Froilán.

La realeza, como los boxeadores, tiene siempre parásitos a su alrededor, si bien en su caso se denominan cortesanos. Al contrario que el boxeador, la realeza nunca pierde un combate -salvo en casos muy puntuales, como Francia a finales del siglo XVIII o Rusia a inicios del XX-, con lo que la buena vida suele durar años, así que sus parásitos cuentan asimismo por delante con años de fiestas, buenos restaurantes, discotecas de moda y algunas señoritas de braga suelta. Además, claro está, de productos de la mejor calidad para consumo ocasional o habitual, allá cada cual. Esa es la vida que lleva Froilán y esa es la que va a llevar por siempre, porque ya es tarde para un sopapo. Además, mi abuela murió hace años.

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