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José Vicente González Bethencourt

Heroica fuga de Villa Cisneros de presos republicanos canarios

A todos aquellos presos que durante la II República habían destacado por su actividad partidista o sindical, el ejército sublevado el 18 de julio de 1936 los considera peligrosos, por lo que los lleva desde la prisión flotante de Santa Cruz de Tenerife al Sáhara Occidental, a donde llegan el 23 de agosto de 1936, 29 a Villa Cisneros y 8 a La Güera. Así no arriesga con posibles focos de resistencia en Canarias, región que considera tranquila retaguardia de las tropas desplegadas en la Península. Entre ellos están Lucio Illada Quintero; Layo Rodríguez Figueroa, hijo del diputado Luis Rodríguez Figueroa; el concejal socialista y poeta gomero Pedro García Cabrera; el escritor José Rial Vázquez; o el médico Feliciano Jerez Veguero, entre otros.

Dado que tener presos gubernativos en dos localidades diferentes crea dificultades para su custodia, se dispone concentrarlos en chabolas de lona (jaimas) junto al fuerte de San Cristóbal, en Villa Cisneros, junto al mar. Prácticamente incomunicados con el exterior, los deportados canarios, mal alimentados y con escaso suministro de agua, sufren trabajos forzosos, aguardando su suerte definitiva, cuando ven que a 14 de ellos los devuelven a Tenerife para comparecer en consejos de guerra, tras los que son fusilados, con lo que para los 23 que quedan prisioneros, según José Rial Vázquez, “la fuga es el pensamiento fijo de nuestros días y el sueño dichoso de nuestras noches”.

Incidentes en la frontera con los territorios franceses provocan que las fuerzas saharauis que vigilan a los presos sean allí necesarias el 22 de febrero de 1937, dejando a los deportados canarios bajo vigilancia de soldados de reemplazo del Regimiento Infantería Tenerife 38 (Cuartel de San Carlos), que, discretamente, han mostrado sus simpatías con los presos con puños en alto al cruzarse, hasta que unos pocos planean la evasión.

En opinión de Tomás Quintero, ex preso en Fyffes, se establece tanta amistad entre los reclusos y los soldados de guardia, que éstos consienten la ocupación del fuerte en la media noche del 13 al 14 de marzo de 1937 antes de la llegada del correíllo Viera y Clavijo, una oportunidad para escapar y salvar la vida. Entonces los soldados al tanto del plan desarman a sus compañeros no informados, aunque poco después la gran mayoría se unen al operativo. A medida que se suman soldados se van apoderando de las armas del fuerte, detienen a los oficiales, e inutilizan la radio para evitar llamadas de alerta.

Pistola en mano, el jefe de la guarnición, el alférez Francisco Malo Esteban, se opone y dispara al cabecilla de la rebelión, Lucio Illada, que sufre una herida en un muslo, y mata al soldado Virgilio Munuera, unido al plan de fuga, a lo que responde un deportado matando al alférez. El gomero Sebastián Darias, que presta servicios como médico en el fuerte, atiende a Lucio Illada. Hacia las cinco y media de la madrugada, ya controlado el fuerte, los evadidos se dirigen en una lancha a remos al Viera y Clavijo, y en una rápida operación toman el control del correíllo y reciben el apoyo de gran parte de la tripulación.

Al mediodía del 14 de marzo, una vez embarcados la totalidad de los amotinados, el correíllo zarpa con 189 pasajeros a bordo (de los que 152 llevan la fuga hasta sus últimas consecuencias) rumbo a Dakar, capital de la colonia francesa de Senegal, haciéndose cargo del mando un capitán de la Marina Mercante, el preso Layo Rodríguez Figueroa. Ante el temor a ser delatados por las fuerzas franquistas, el barco navega alejado de las rutas habituales con luces apagadas, a toda máquina y con las ametralladoras apuntando al cielo, pendientes de un posible ataque aéreo.

Quienes quedan en el fuerte no ven manera de transmitir lo sucedido hasta las diez y media de la noche, cuando ya resulta inviable detener a los fugados. El 17 de marzo, el Viera y Clavijo entra en el puerto de Dakar con una improvisada bandera republicana izada en su mástil, siendo Marsella el siguiente objetivo.

Como muy bien señala el historiador José Manuel Hernández Hernández en su libro Villa Cisneros, 1937. La gran evasión de los antifranquistas canarios (Le Canarien Ediciones, 2018), la gesta de aquellos hombres es aireada por la prensa republicana, muy necesitada de victorias, tratando a sus protagonistas como héroes de la República y ejemplo de luchadores antifranquistas, poniendo en cuestión la solidez de uno de los pilares del aparato militar sublevado: el ejército español en África.

A la humillación de los militares franquistas sigue una cruel represión contra los fugados y sus familiares, saqueando sus propiedades, siendo capturados y condenados a muerte los cabecillas, el sargento Miguel Ángel Rodríguez y el dirigente socialista Lucio Illada, fusilados el 13 de enero de 1940; el 20 de agosto, Pedro Hernández Lorenzo, Balbino San Millán López y Juan Ramos Muñoz; y el 9 de noviembre el hermano de Lucio, Manuel Illada. En Canarias, a pesar de que no hubo guerra, la actividad represiva franquista se cobra más de dos mil vidas.

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