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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

Ana

Me gustan los bichos. Tanto en su acepción humana como animal. Quiero decir que admiro a los que son malos por naturaleza y no lo esconden. Preferible un mosquito zumbón avisándote de su futura y molesta picadura que una mansa medusa que te acaricia al pasar para originarte un lacerante dolor durante horas. Los malos, que se exhiban como tales, muy lejanos en apego a la bondad, la ternura y otras sensiblerías. Sin engaños. No nos mienten y así, los demás, estamos advertidos. Y, por supuesto, podemos ignorarlos o, en su caso, defendernos.

En política es donde más suelo percibirlos, camuflados los tontos que fingen ser listos, los cobardes que aparentan un supuesto valor, los engañosos defensores de aquellos a los que consideran su utópica misión … la mayoría creyéndose mariposas cuando no pasan de orugas.

Resumiendo: me gusta el ministro Grande-Marlaska porque pienso que nunca me engañará. Tiene pinta de personaje incómodo quizás porque dice y actúa ante verdades que, desgraciadamente, lo son. No me gusta la Yolanda Díaz porque la leche condensada mezclada con mermelada, me empalaga. Y, encima, no es sana.

De modo que, ante la proliferación en las filas tan ardientemente auto aplaudidoras socialistas, de tal acaramelada machaconería, preferí dedicarme a otras actividades el día del debate del Estado de la Nación.

Bastante tuvo, el día siguiente, cuando ya supe de las pánfilas soluciones a la crisis ideadas por nuestro guaperas presidente y me congratulé de haber bien aprovechado ese tiempo leyendo “El curioso incidente del perro a medianoche”.

Pero, más tarde, alguien me preguntó qué me había parecido la aportación de Ana Oramas al debate… Glup… ni idea. A buscar en el amigo Google porque Ana, nuestra Ana es digna de ser escuchada porque aporta sensatez ante cualquier situación en un lugar en el que es tan difícil encontrarla. Sea uno o no votante del partido que representa (que eso, en su condición, creo que tiene poca relevancia) tiene ganado un reconocimiento como política que ve (y va) más allá de directrices o normas. Una mujer inteligente que usa el lenguaje como un instrumento de respuesta resolutiva y no como algo con lo que aporrear al contrario (aunque, a ratos, creí percibir que, con gusto, le hubiese tirado un zapato al Sánchez).

No conozco a Ana Oramas. Únicamente he podido coincidir con ella por la calle, cruzándonos en algún momento y, vagamente, recuerdo una cena a favor de una ONG donde la oí mencionar a los de su alrededor el dolor por la reciente pérdida de un westie que era su amigo. En aquella ocasión, la miré con afinidad, apoyado en mi convencimiento de que quien llora la muerte de un animal familiar tiene valía. Ahora la he escuchado en su defensa de estas Islas y pienso que esta mujer menuda y decidida, educada en su comportamiento y firme en sus centradas ideas, con conocimientos amplios de nuestro día a día, es un rara avis en política. Hemos tenido la suerte de que nazca aquí y ¿qué quieren que les diga? Me encanta que nos represente tal como lo ha hecho en esta ocasión.

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