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El lápiz de la luna

El reloj impertinente

El sábado pasado mi marido y yo estábamos sentados a la mesa de un restaurante en el que habíamos almorzado, por cierto muy bien. Tras varios platos para compartir, el camarero nos dio tiempo para que asentáramos un poquito las madres. Mientras, nos pusimos a revisar en los relojes cuántos pasos dimos durante la mañana. El suyo contó siete mil quinientos y el mío ocho mil setecientos, cosa que no nos explicábamos, ya que el recorrido había sido el mismo. Pero, además, mi reloj me informó de que me quedaban por quemar dos kilos. «Y esta información me la da después de haberme metido entre pecho y espalda una ropa vieja de pulpo, un cherne con ajo y perejil y dos copas de vino», me dije. Como comprenderán lo que vino después fue pagar la cuenta y obligarnos a volver a casa desde Mesa y López hasta Tomás Morales caminando a paso ligero. Aun así, cuando ya en casa miré el reloj avispado, aunque yo lo sentía bastante impertinente, me recordaba que el pateo no había sido lo bastante enérgico, pues me seguían quedando dos kilos que perder. Lo último que recuerdo es que, por la noche, cuando mi marido pensaba que dormía, acabó con el reloj a martillazos. Bueno, podría haber ocurrido así, muy de novela negra. Sin embargo, rebobinando, lo que ocurrió es que cuando el reloj me advirtió de mi sobrepeso, vi pasar al camarero con un brownie sin gluten que me volvió a abrir el apetito. Probablemente, si después del postre hubiese comprobado el cacharro, me advertiría, en tono de reloj enfadado, que me sobraban ya por lo menos dos kilos y medio. Pero, «¿Qué es una raya para un tigre?», me consolé. Vamos por la vida con un teléfono móvil como extensión del brazo que, además, si tienes la ubicación activada, indica dónde estás en todo momento. Con el teléfono sincronizamos un reloj con la excusa de que así podemos ver quién nos llama o nos escribe sin tener que sacar el móvil del bolso, por aquello de recuperar la mano, que al final es la auténtica extensión del brazo. Ese reloj, que nos encanta porque nos dice cuánto caminamos y cuántas calorías quemamos al día, ahora (porque se están actualizando constantemente con nuevas opciones para «mejorar tu vida») hace la función que hacían nuestras abuelas cuando te decían lo «hermosita» que te estabas poniendo. «Hermosita», por lo menos en el lenguaje de mi abuela, era sinónimo de «rellenita». Porque mira que no hay nada que le guste más a una abuela que cebar a sus nietos. Yo no sé de dónde sacó mi reloj ese dato, pues no creo haber activado nunca el modo abuela. Desde el sábado tengo el dispositivo encima del escritorio. Él me mira ansioso por colgarse de mi muñeca, yo lo miro y lo dejo ahí, castigado, por opinar sin que se le haya dado vela en este entierro. He empezado a contar los pasos que hago, y me pierdo por el ocho o el nueve. No soy tan eficiente como el cacharro, ¡habrase visto!, pero me siento bastante más ligera. Creo que sí que he perdido esos dos kilos. Quizá fueran culpa del reloj. ´

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