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Sol y sombra

El espíritu de Ermua

El espíritu de Ermua surge en uno de los momentos más tristes y a la vez emocionantes de la reciente historia de este país, cuando la sociedad alza la voz para dejarse oír tras el vil asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco y arrincona a los asesinos y a sus cómplices. A nadie en ese momento podría habérsele ocurrido pensar que veinticinco años después esos cómplices y algunos de los terroristas condenados estarían ocupando cargos de responsabilidad en la política y blanqueando el papel de ETA gracias al acuerdo suscrito con un Gobierno que parece querer olvidar el padecimiento de las víctimas dando protagonismo a sus verdugos. Los verdugos y quienes se alegraban o miraban para otro lado, mientras el país lloraba impotente por las bombas y los tiros en la nuca, jamás tendrían que haber sido habilitados en la democracia. Los colaboradores de los delincuentes deberían asumir el ostracismo institucional más absoluto, y sus partidos permanecer ilegalizados una vez entregadas las armas por la banda criminal. De ese modo nos habríamos ahorrado el pacto vergonzoso de la ley de la Memoria Democrática suscrito a cambio de unos miserables votos.

A los españoles que aún conservan memoria no selectiva les vendría bien aferrarse al espíritu de Ermua, que tanto ayudó a cohesionar democrática y cívicamente este país frente a la amenaza etarra. Hace bien Feijóo en comprometerse a derogar la ley que para contentar a Bildu prolonga el final de la dictadura hasta 1983, teniendo en cuenta además que los crímenes del GAL ya fueron juzgados en su día por los tribunales democráticos. Acierta el Rey cuando dice que no nos podemos permitir que haya generaciones que olviden lo que pasó en aquellos años de plomo. Y habría que preguntarse cuál es el sentido de la verdad de la vicepresidenta Teresa Ribera cuando califica de comentarios fuera de la realidad las críticas al pacto del Gobierno con los terroristas o sus herederos. Aunque parezca increíble, ¿qué hay de irreal, señora?

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