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Cerrado por vacaciones

Mis amigos se van de vacaciones. No a traición, todos juntos y sin mí, sino de un modo harto más complejo: por separado. Cada verano igual y conociéndonos como nos conocemos aún siempre cae alguno despistado que me pregunta que y yo adónde me voy. «A ningún sitio», contesto tan pancha. «¿Y eso?» y yo, que podría decir que soy columnista y eso implica ser pobre y zanjar así el tema, les contesto una verdad que desconcierta: «es que soy ibicenca».

Y aunque esta idiosincrasia mía no es exclusiva de la isla blanca, sino que la comparte cualquier región española dedicada al turismo, la explico.

Pausa para contar una anécdota: ayer fui a hacer una gestión a uno de esos últimos ejemplares de oficinas bancarias que ahora parecen más un Starbucks. Un mozuelo con un traje a presión que tendrá que cambiar con una semana más de gimnasio me pidió mis datos de pie desde su Ipad y dijo: «Ah, sí, oficina de Las Palmas». «¡No, por Dios! —repliqué yo— Oficina de ‘la otra Palma’; la de Mallorca». Sonrió lo poco que permitía la americana y añadió: «Sí, bueno, eso. No importa». «Tú procura que no te trasladen a Baleares o Canarias o verás que un ‘no importa’ es la manera más corta de enemistarte con dos archipiélagos».

Otra anécdota: hace mucho trabajé en el aeropuerto de Son Sant Joan cuando un taxista me trajo de vuelta a un chino recién aterrizado. El pobre solo portaba una pequeña maleta y un papel que debía entregar al taxista con la dirección de un restaurante. Pues bien, el restaurante estaba en Las Palmas —así en plural; de Gran Canaria—. Un despiste pekinés que ya vemos que se puede tener en cualquier sitio.

Retomo a mis amigos de vacaciones: llevo tiempo en el mundo y antes se iban a la casa en la Sierra o una semana a la playa, pero ahora son más del: «Pues me voy la primera semana que me tocan los niños a la casa que tenemos en tal sitio; luego me voy con el grupo de amigos del colegio que hemos pillado un apartamento en la playa y luego en agosto me voy la primera quincena a no sé dónde con mi churri que los niños le tocan a su ex y luego a finales nos vamos a París, pero solo cuatro días».

Pues bien, para empezar, Carrie Bradshaw es la única columnista del mundo capaz de permitirse un vestidor repleto de Manolos y es un personaje de ficción. Y para seguir, los ibicencos no nos vamos de vacaciones en verano. Va en nuestros genes. Crecimos sabiendo que desde Semana Santa a septiembre se trabaja y además, cuando viajamos, lo hacemos de verdad: al extranjero o si no alcanza, a la península, vale, pero de compras ¡y al teatro! Y sobre todo, a ponernos morados. Un ibicenco viaja, vaya que viaja, pero en octubre. En temporada baja y todo lo lejos que puede de donde hay turistas. Pero, ¿un ibicenco yéndose en agosto de vacaciones una quincena a la playa? ¡A otra playa! ¿Un ibicenco tumbado en una hamaca dando por saco al camarero que le ponga otro hielo en un mojito con sombrillita? Eso es un oxímoron que muy probablemente avale que te quiten la ciudadanía y si además tuviera lugar en otra isla de cualquier archipiélago probablemente conlleve un conflicto interinsular sin precedentes.

Pues esa es mi respuesta larga, porque la de que soy pobre no cuela, qué se le va a hacer, que soy de llevar siempre unos zapatos monísimos.

Pero aún hay otro rasgo oculto en el ADN ibicenco y es que estas vacaciones de los de ciudad, tan hiperllenas de planes… nos saturan un poquito. Que etimológicamente ‘vacaciones’ deriva del latín vacants; estar libre, desocupado. De esa misma raíz proviene la palabra ‘vacante’ cuando un trabajo no lo desempeña nadie, pero también ‘vacío’; que no está ocupado o que apenas hay gente. Así que es precisamente esta perversa interpretación del término vacaciones de los de ciudad ¡yéndose a Ibiza! lo que convierte a la isla para sus habitantes en lo opuesto a vacaciones. ¡Que no es que no los queramos! Pero para nosotros empiezan exactamente cuando se van y colgamos el ‘Cerrado por vacaciones’.

Pero de que hay vacaciones y vacaciones da buena cuenta el director estadounidense Michael Moore en su imprescindible documental para entender el país ‘Qué invadimos ahora’.

«¿Os habéis fijado alguna vez en que los italianos siempre parece que acaban de tener sexo? Johnny y Cristina no pararon de hablarme de dónde habían ido de vacaciones:

—Normalmente nos vamos una semana en invierno y luego la primera semana de junio, porque es nuestro aniversario, y luego tres semanas más en agosto, porque en agosto todo en Italia está como muerto.

—¿Y os pagan estas semanas?

—¡Pues claro! Cada año tenemos unos 30 o 35 días de vacaciones.

—¿Vacaciones pagadas?

—Sí. Además de los festivos nacionales.

—¿Sabéis lo que dicta la Ley en Estados Unidos sobre las vacaciones pagadas? ¿Sabéis cuántas semanas os dan?

—No

—Cero. Cero. La ley no obliga a nadie a darte vacaciones. Eso sí, si tienes un buen sindicato puedes conseguir un contrato que te conceda dos semanas de vacaciones al año. Sin paga».

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