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Myriam Z. Albéniz

Glorioso San Fermín

Los pamploneses bautizamos al 5 de julio «la víspera de la víspera». Un día después dan comienzo nuestras fiestas patronales con el lanzamiento del cohete anunciador desde el balcón central del Ayuntamiento de la ciudad. Finalmente el día 7, último peldaño de esa popular escalera que comienza el 1 de enero, se celebra la festividad de San Fermín, misionero, obispo y mártir que comparte con San Francisco Javier la condición de patrono de la Comunidad Foral de Navarra. Por ello, a estas alturas del calendario, mi corazón palpita ya a otro ritmo. Inevitablemente. Como todos los años. Como toda la vida. Quienes hemos nacido en la capital del Viejo Reyno pero, por diversas circunstancias, somos testigos de estas fechas desde la distancia, nos vemos invadidos sin remedio por una mezcla de emoción y nostalgia a partes iguales.

En mi caso particular, emoción por sentir la explosión de júbilo en esas calles estrechas y antiguas de mi infancia, teñidas de blanco y rojo. Por escuchar el ruido de la pólvora al prenderse la mecha del Chupinazo, con los cánticos de la multitud componiendo la mejor banda sonora. Por contemplar una multicolor Plaza del Castillo, que danza en bloque al compás de gaitas, chistus y tamboriles. Por admirar la presencia magnífica de los toros bravos, que se convertirán durante nueve días en los otros protagonistas de la fiesta. Y nostalgia por recordar un pasado feliz, de mañanas de chocolate con churros junto a mi inolvidable madre en la calle Estafeta, después del encierro. De tardes calurosas en el coso, disfrutando con los amigos de meriendas interminables mientras las primeras figuras del toreo desplegaban su arte sobre la arena, entre pasodoble y pasodoble. Y de noches de sabia compañía paterna a las orillas del río Arga, observando en silencio sepulcral el traslado de los morlacos a los corrales del Gas, con la luna como testigo principal de la ceremonia.

Desde esta hermosa tierra canaria de adopción, deseo con toda mi alma a paisanos y visitantes que sean capaces de atrapar el verdadero espíritu de los Sanfermines, que nada tiene que ver con el que, tristemente, se refleja en los medios de comunicación. El que les ha convertido en una celebración famosa en todos los rincones del orbe. El que es muestra de universalidad y ejemplo de acogimiento. El que enamoró a Ernest Hemingway e inspiró parte de su obra. Confío en que los habituales excesos, las malas conductas y las reivindicaciones políticas extemporáneas no desluzcan unas jornadas diseñadas desde su origen para aunar tradición y modernidad, fervor religioso y herencia cultural, bullicio y tranquilidad. Y es que, de un tiempo a esta parte, parece imposible que la masa lo pase bien si no pierde el control de sus actos, naturalmente con la inestimable colaboración del alcohol y el resto de drogas que proliferan en el mercado. Como consecuencia de esta realidad, tan triste como recurrente, los sujetos pierden toda capacidad de pensar en nada que trascienda a su concepto de la diversión, en el que, obviamente, la solidaridad no encuentra hueco. No me considero en absoluto una aguafiestas por defender que resulta imprescindible y urgente decir alto y claro que estas conductas son rechazables desde todos los puntos de vista, y que deben ser denunciadas y, en la medida de lo posible, evitadas. Porque no es de recibo que la ciudadanía tenga que exponerse a situaciones de riesgo, haya de sufrir ofensas hacia sus creencias y sentimientos más íntimos o esté obligada a presenciar escenas denigrantes que en absoluto tienen que ver con un ocio digno. Ojalá el Santo morenico, tras dos ediciones de suspensión festiva, contribuya a este fin con su rojo manto protector, el mismo que despliega a diario sobre los mozos que corren delante de los astados y que, frente a su pequeña hornacina rodeada de velas, le piden que les guíe en el encierro y les dé su bendición. Ayer, hoy y siempre, Viva San Fermín.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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