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Alberto Lemus

Trimestres complejos

Hace más de dos años que me he venido a vivir muy cerca del trabajo. Valora uno el placer de ajustar la hora de la salida al curro y la ligera caminata ritual, todavía con el saborcito del café en la lengua medio achicharrada. Saco la bolsa de basura para dejarla en el contenedor que está de camino, saludo a dos o tres conocidos y, qué duda cabe, experimento el beneficio de haber reducido el uso del coche, con lo que gasto muchísimo menos en combustible. De llenar el depósito tres veces al mes he pasado a hacerlo una o ninguna. Alarma: Casi ochenta euros me ha costado lo que en su día eran menos de cincuenta y ya me parecía un atraco.

No hablemos de la cesta de la compra. Las cuatro boberías de subsistencia que ocupan dos bolsas se disparan por encima de los cuarenta euros y resuenan en tu cabeza de vuelta a casa. Creo que esta vez tampoco me traje caviar, ni la anterior… La cosa es que mi sueldo prácticamente sigue siendo el mismo que el que era dos años atrás. Carburantes y alimentos son los grandes protagonistas de un alza histórico del 10,2 por ciento del índice de precios al consumo el pasado mes de junio, en comparativa anual. Un nivel nunca visto desde 1985.

Se llama inflación, toda la zona euro la padece y sus duras consecuencias se van a notar muy pronto. Primeros coletazos: Más de un millón de hogares dedica un 40 por ciento de sus ingresos a la factura energética, los mismos que ya tienen problemas para pagar sus hipotecas y alquileres, mientras una de cada dos familias se repiensa sus vacaciones por miedo a lo que está por llegar. Como consumidores nos veremos obligados a recortar en los gastos superfluos, lo que por fuerza vendrá a dañar las expectativas de un sector empresarial que ya vela armas. La tormenta perfecta parece estar esperando por un rayo que la desate.

Una vez que la situación ya se ha ido de las manos, tocará empezar a aplicar los mecanismos que el Gobierno tiene a su disposición, que son de índole económica y fiscal. En lugar de reducir ya el inasumible gasto público y bajar urgentemente los impuestos, lo que se nos anuncia es un nuevo plan para quemar dinero público en ayudas. Los 15.000 millones de euros que componen las medidas contra la inflación son la cantidad que todos hemos ido abonando de más en lo que llevamos de año, precisamente porque los ingresos tributarios han experimentado una recaudación histórica gracias al alza de los precios. No es ningún secreto, si los productos valen un 10 por ciento más, la presión fiscal crece en esa proporción. Digo yo que lo sensato sería que ese dinero nunca se hubiera ido del bolsillo de la gente, renunciando a perseverar en políticas que son un atraco permanente al contribuyente. Lo de siempre, el sangrado sistemático como remedio para mitigar crisis cuya existencia se tapa o directamente se niega, y luego andar repartiendo lo obtenido a modo de dadivosos parches.

El caso es que estamos asistiendo a cierto proceso de delirio de nuestro presidente, el que timonea el barco a base de cuestionables ocurrencias, que nos conduce un poco al delirio general. Pasado un tiempo de abstracción de la realidad adversa que se nos viene, ya solas Las Meninas en su coqueto salón de El Prado tras los fastos de la cumbre de la OTAN, la propia Ministra de Economía ha reconocido que vienen «trimestres complejos». No puede negarse la belleza de semejante construcción literaria, que algún creativo asesor habrá considerado más suave para los oídos que el mundano (y ofensivo) «toca apretarse el cinturón». Qué hartura.

Recuerden: A la inflación desbocada se unirán la inminente y peligrosa subida de los tipos de interés y los problemas de suministro energético y de materias primas. Esto hará aún más complejos esos trimestres próximos en los que todo se va a ver complicado por un elemento extraordinario: El sistema entero está sostenido por ese empleo de cuya creación tanto se alardea, que es netamente temporal. Y muy precario y mal pagado.

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